Homenaje a Rafa Gordillo
Ayer, las Peñas Béticas de Cataluña celebramos un sentido y merecido homenaje al jugador más importante de la historia del Betis, Rafa Gordillo. La cena de gala tuvo lugar en el Hotel Gran Verdi de Sabadell, donde tuvimos el privilegio de compartir una inolvidable velada con esta gran persona que, además, es uno de los jugadores españoles más importantes de la historia. Desde el aperitivo hasta la hora de la sobremesa todo fueron momentos emotivos: recuerdos, abrazos, muestras de cariño... Y beticismo, mucho beticismo.
Todos los béticos que ayer estuvimos con Rafa (y fuimos muchos...) disfrutamos de lo lindo: pudimos hacernos nuestra foto con él, a todos nos firmó pósters, fotos, camisetas... Y es que, además del gran jugador que fue, que eso lo sabe todo el mundo, demostró, una vez más, lo grande que es como persona y la paciencia infinita que tiene, sobre todo cuando se encuentra entre béticos. Y como siempre, hizo alarde de su sincero beticismo, y es que eso es lo que lo hace tan grande entre la afición bética: ser bético de corazón. Y para ser bético no basta con haber defendido la camiseta de las trece barras verdiblancas, mucho menos en el fútbol profesional de hoy en día. Rafa, como él dice, nació bético, y bético se morirá. Uno de los nuestros, vaya. No cambies nunca maestro, ¡qué grande eres! Casi tanto como nuestro Betis...
Los bloggers italianos, bajo sospecha
El gobierno italiano está preparando una ley para controlar los blogs. Parece que se quiere acabar, en la medida de lo posible, con la impunidad de que se goza en la red a la hora de verter todo tipo de insultos, improperios y gamberradas. Eso dicen desde el gobierno de Prodi, y me parece una auténtica barbaridad. Intentaré explicarme. Resulta que Ricardo Franco Levi, subsecretario de Il Professore, ha presentado un proyecto de ley que, una vez aprobado, servirá para controlar todo lo que se publica en los blogs italianos. Se pretende obligar a los administradores de cualquier web o blog a contratar un periodista colegiado que se responsabilice de todo lo que allí se publique. Y si alguien vierte difamaciones será multado e incluso podrá acabar entre rejas. Además, los bloggers deberán registrarse como empresas editoriales y pagar así los correspondientes impuestos que están obligados a pagar dichas entidades. Todo parece una broma ¿verdad? Pues no lo es. Y es que Italia es diferente, y la política italiana aún más. Así, a uno a veces no le extraña que personajes como Beppe Grillo se conviertan en auténticos ídolos de masas.
Me parece una barbaridad que el poder público intente intervenir también en cuestiones como ésta. Ya conocemos las ansias intervencionistas de determinados políticos (en nuestro país también los tenemos y los sufrimos, tanto en la derecha como en la izquierda), pero este caso pienso que roza el esperpento. Intentar controlar algo tan incontrolable como son los diarios publicados en Internet tan solo servirá para crear nuevas polémicas e incrementar los gastos del erario público, unos gastos que únicamente servirán para justificar los cargos que se crearán ad hoc. Y es que yo me pregunto: ¿qué blogs estarán sujetos a esta nueva legislación italiana? ¿Los que estén administrados por italianos? ¿Los que dependan de un servidor italiano? ¿Los que estén escritos en italiano? La verdad, me parece una broma de mal gusto. Ya se ha intentado de mil y una formas controlar, por ejemplo, las descargas de cine y música, y nadie ha podido ejercer un control efectivo. Al final, como ha pasado en España, se ha optado por introducir impuestos indirectos (además del IVA) en la compra de CDs y DVDs vírgenes, y así todos a pringar.
Es cierto que hay quien utiliza la libertad que nos ofrece Internet para insultar o descalificar inmunemente (o cosas peores), pero no se trata de que paguen justos por pecadores. Y aquí no hay que levantar demagógicamente la bandera de la libertad de expresión, como desgraciadamente se hace con frecuencia. Y es que cuando hay que actuar contra alguien que hace un uso indebido de Internet la policía (y la ley) ya dispone de medios suficientes para perseguir y castigar a los responsables, y creo que la mejor solución no es poner bajo sospecha a todos aquellos que tengan un blog. Las protestas en Italia (y en el extranjero) no se han hecho esperar, y lo cierto es que esto justo acaba de empezar. Ahora esperemos que no haya una onda expansiva que lleve a los gobernantes de países como el nuestro a proponer medidas como ésta, aunque uno ya se lo espera todo. En fin, tiempo al tiempo…
Records
Records. Records de moltes hores junts: reunions, debats, dinars, sopars, cafès, alegries, decepcions, maldecaps, il·lusions, confidències... El temps passa, nosaltres i els nostres canviem, però hi ha coses que sempre són i seran iguals, passi el que passi. I l’amistat i la complicitat serà molt difícil que s’esborrin, malgrat que algunes coses ja mai no tornaran a ser iguals, malgrat que ens veiem de tant en tant.L’altre dia, després de retrobar-nos els cinc després de tant de temps, em van venir al cap molts records, gairebé tots molt bons. Però al cap d’un parell de dies, em va passar una cosa que em va fer reflexionar. Una tonteria, però que em va fer pensar: feia temps que no passava pel carrer de Cuba, i l’altre dia, baixant-lo, gairebé a tocar del Camí Ral, vaig veure que l’edifici on hi havia el Milk Cafè l’havien tirat a terra. Metàfores de la vida? Potser sí... Rakel, Jordi, Joan, Toni: no deixeu mai de ser el que sou, no abandoneu la vostra essència. Sé que no ho fareu. Jo tampoc.
¿Monarquía en peligro?
El mediatizado caso de la quema de fotos del Rey está levantando mucha polvareda. Al principio fueron unos cuantos independentistas quienes, movidos por el éxtasis del momento, quemaron unas fotos de Juan Carlos I. Y de ahí, a la repercusión mediática desproporcionada, las actuaciones de la fiscalía, el “se rompe España”, el “fuera los Borbones”… Incluso en algunos foros se ha vuelto a plantear el debate sobre la conveniencia o no de disponer de una jefatura del Estado encabezada por el Rey. Bajo mi punto de vista, ha habido momentos en que la cosa ha ido tomando tintes verdaderamente berlanguianos, si se me permite el símil cinematográfico.
Primero fue, este verano, el secuestro de la revista “El Jueves”, después la caña mediática que ultraderechistas como Jiménez Losantos le dan al Rey por “blando”, luego las fotos de Girona… Está bien que se plantee si España debe ser una monarquía parlamentaria o una república, pero no en los términos que se está haciendo y mucho menos a raíz de casos puramente anecdóticos. Este antimonarquismo de pandereta y mechero tiene precisamente el impacto contrario que sus abanderados buscan. ¿Quién se puede tomar en serio las reclamaciones de cuatro radicales cuyas propuestas quedan en una quema de fotos o las no-propuestas habituales de Jiménez Losantos? Pero lo preocupante es que políticos de primera línea se escuden en estos acontecimientos para despertar el “se rompe España”.
Hoy, en España, no hay una reclamación social por la proclamación de lo que sería la Tercera República. Eso es así, y quien diga que no, miente interesadamente o desconoce por completo la realidad del país en el que vive. Los grupos políticos y sociales que reclaman decididamente la sustitución de la monarquía parlamentaria por un sistema republicano son marginales o bien lo hacen desde la distancia con respecto al poder. La única explicación de que España no sea una república la encontramos en que los españoles no la han reclamado. Simple, ¿verdad?. Lo mismo pasa con la independencia del País Vasco o Cataluña. ¿Por qué no son naciones independientes? Pues porque no hay una reclamación clara por parte de la mayoría de su población. El problema es que hay grupos, y esta vez no hablo de grupos marginales, que viven en una burbuja nacionalista que les induce a tener una imagen difuminada de la sociedad en la que viven.
Hace ya algunos años, leyendo “El futuro no es lo que era”, un libro un tanto disperso de conversaciones entre Felipe González y Juan Luis Cebrián, recuerdo como se loaba el papel del Rey Juan Carlos I en la consolidación de la democracia. Y estos dos personajes son poco sospechosos de derechismo, aunque para muchos ser de izquierdas debe ir acompañado indefectiblemente de sentimiento antimonárquico y simpatía por los nacionalismos periféricos, además de muchos otros aderezos folklóricos. Pues bien, en aquel libro González afirmaba que, efectivamente, Juan Carlos I era el heredero de Franco. Decía que la transición abrió un espacio de oportunidad y otro de riesgo, tanto para los demócratas como para los franquistas, pero quien moderaba la parte de riesgo para unos y para otros era precisamente el Rey, que aparecía como el garante de que los estatus no iban a ser brutalmente alterados. Cebrián se mostraba de acuerdo con estas observaciones, pero las matizaba diciendo que era el Rey, en su condición de jefe de las Fuerzas Armadas, y no la monarquía, quien hizo este papel moderador. González afirmaba que el Rey fue el referente tranquilizador para que el cambio fuera posible, y que sólo en un aspecto clave hizo de motor de cambio: tenía el poder absoluto y no lo ejerció. Totalmente de acuerdo.
Sacaré a colación el tema del 23-F. Se acostumbra a decir que la legitimidad de Juan Carlos I ante la sociedad española reside en gran parte en su papel durante el susto del 23 de febrero de 1981. Quienes vivieron aquel momento de la historia de nuestro país aún mantienen vivo el recuerdo del Rey, vestido de militar y ante las cámaras de televisión, notificando las órdenes que acababa de dar a los militares sublevados y haciendo una decidida defensa de la democracia y la Constitución. Para la gran mayoría de los españoles, el Rey fue el elemento clave en la frustración de aquel golpe de estado, mientras que para algunos otros la actuación del Rey aquel día estuvo rodeada de sombras. Más allá de las conjeturas y los misterios que siempre envolverán aquel 23-F, y sabiendo que toda la verdad nunca la conoceremos los ciudadanos de a pie, una cosa es indudable: aquel día el rey, en su condición de jefe de las fuerzas armadas, dio la orden de mantenerse junto a él, esto es junto a la Constitución, impidiendo así el éxito de aquella intentona de golpe de estado. Aquel día fue seguramente el único, en lo que llevamos de democracia, en que el Rey tuvo potestad para ejercer el poder, y lo hizo a favor de la democracia. Si aquel día en vez del Rey hubiera habido un presidente de la República, éste no hubiera tenido ninguna capacidad para retraer a los militares sublevados de sus intenciones golpistas. El Rey, por el contrario, sí la tenía, y la ejerció con determinación. Precisamente por eso el papel del Rey fue determinante aquel día, no por su condición de jefe del Estado, sino por ser el jefe de las fuerzas armadas. Se trata de un matiz importante pero que muchas veces no se tiene en cuenta cuando se quiere desmitificar el papel del Rey en el 23-F.
Yo me considero un ferviente defensor de los valores del republicanismo, pero hoy éstos no se tienen en cuenta a la hora de abogar por la proclamación de una república en nuestro país. Como digo, quienes lo reclaman se escudan única y exclusivamente en el folklore y en el morado comunero de la franja inferior de la bandera. Y así no vamos a ninguna parte. El republicanismo se fundamenta, principalmente, en la libertad, el derecho y la defensa de lo público, en la ley en definitiva, a la que está sujeto incluso el gobierno. También se debe hacer énfasis en otros valores como la participación ciudadana, el civismo y la oposición a la corrupción. Esto parece una obviedad en la sociedad en la que vivimos, pero muchas veces quienes hablan de republicanismo son los primeros que se saltarían la ley a la torera para conseguir sus propósitos. Esto, en una república, no vale. El respeto escrupuloso de la ley es el primero de los valores republicanos, y la Constitución, la primera de las leyes, por mucho que no sea perfecta, tiene la virtud de haber organizado las bases de nuestra democracia en un momento muy complicado donde políticos de todo signo fueron capaces de ponerse de acuerdo. Frecuentemente, se olvida que la Constitución, y también el Rey, tienen la legitimidad democrática que el referéndum de 1978 les otorgó. Quienes hoy califican la Constitución y el Rey como antidemocráticos o impuestos hacen un flaco favor al primero de los valores del republicanismo: el respeto a la ley.
Podríamos hablar de la legitimidad, en base a los principios republicanos, de la monarquía. Bajo mi punto de vista, no existe tal legitimidad, debido a que se sustenta en un poder fundamentado en la herencia. Yo, en base a mis principios, abogaría por una jefatura del estado democrática y periódicamente escogida por la población española, por un sistema político verdaderamente republicano. Pero esto no es el tema que nos ocupa, y mientras se confunda republicanismo con antimonarquismo o antijuancarlismo no llegaremos a ninguna parte.
Amsterdam, dualidad en perfecta armonía
El pasado fin de semana Almudena y un servidor nos fuimos a visitar Amsterdam, capital de Holanda, probablemente la ciudad más abierta, tolerante y descarada de Europa, además de bellísima y tremendamente encantadora. Me llamó poderosamente la atención, entre muchas otras cosas, la mezcla que encontré entre ritmo y calma, descanso y fiesta, tradición y modernidad, globalidad y localismo, el equilibrio a la hora de mezclar lo ajeno y lo global con lo esencial y lo identitario. Una ciudad, sin duda, para volver a visitar y, ¿por qué no? para vivir(la). Si podéis, acercaos.