
Escribo
esto en caliente, después de ver el "Salvados" de hoy, que Jordi Évole ha dedicado a los campos de concentración de Franco, en los que
trabajaron a la fuerza miles de presos políticos republicanos después de la
Guerra Civil. Entre ellos, estuvo mi abuelo Miguel, que si hoy viviera tendría
99 años, los mismos que el héroe del programa de hoy, Luis Ortiz. Veo y escucho
a Luis y me acuerdo de mi abuelo. Me acuerdo de cuando me hablaba de los campos
de concentración en los que estuvo cuando acabó la guerra. Y recuerdo que al
principio aquello me sonaba raro. No entendía que en España hubieran existido
los campos de concentración. Aquello en la Alemania nazi sí, pero en España...
Pues bien, existieron, vaya si existieron. Mi abuelo Miguel estuvo en concreto
en el Batallón de Trabajadores número 11, un campo de concentración entre Tarifa y Algeciras. Allí trabajó en la construcción de la fortificación de la Bahía de Algeciras, la llamada "Muralla del Estrecho", durante más de
ocho meses. Consultando en internet, te enteras de que se trataba de una
construcción que fue uno de los principales proyectos llevados a cabo por el
régimen franquista en los primeros años de la posguerra para garantizar la
estabilidad de la frontera entre España y Gibraltar ante eventuales ataques aliados:
Del
Batallón de Trabajadores número 11, enviaron a mi abuelo al número 36, en
Tetuán, una zona del norte de Marruecos que entonces era territorio español y
donde permaneció más de siete meses. Luis Ortiz trabajó en la construcción de
una carretera en Oiartzun (Guipúzcoa), mientras que mi abuelo estuvo en el sur
de España construyendo la "Muralla del Estrecho" y después en el
norte de África. Como bien ha dicho Luis en el reportaje de Évole, los jóvenes
de hoy prácticamente desconocen toda esta historia. Desgraciadamente.

Hace
algo más de cuatro años, conseguí después de algunos trámites, firmada del puño
y letra del ministro de Justicia de entonces (socialista), Francisco Caamaño,
una declaración de reparación y reconocimiento personal, acreditando que mi
abuelo sufrió persecución por razones políticas e ideológicas, siendo
injustamente destinado a prestar servicios forzosos en dos batallones de
trabajadores. Algo es algo. Insuficiente, pero algo. Hoy, dudo que un ministro
del PP hubiera firmado aquel documento, que orgullosamente tengo enmarcado en
una pared de mi casa.
Héroes
anónimos como mi abuelo Miguel o Luis Ortiz siguen desgraciadamente en el
olvido. Como los campos de concentración de Franco, una muestra más de la
ignominia que representó el régimen fascista en nuestro país. Luego vendrán los
herederos directos del fascismo a dar lecciones de democracia y convivencia. Nos
dirán demagógicamente que no debemos abrir heridas, sino mirar al futuro. Pues
bien, señores: sus padres y sus abuelos se cagaron en nuestros muertos. Nosotros
no estamos pidiendo hacer lo mismo, ¡sólo faltaría! Solamente pedimos que se
sepa que lo hicieron. Que se cagaron en nuestros muertos y que encima lo
celebraron durante años. Fíjense si pedimos poco. Hoy, y gracias a Jordi Évole y a "Salvados",
quizás se haya hecho un poquito de justicia. Gracias eternas.
1 comentarios:
Molt bé Miguel.Se m'ha fet un nus al coll. Els que van estar al costat de la República s'ho mereixen.
De
Josep, A las
7/3/16 09:10
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