El
gobierno de la Generalitat de Catalunya no ha sido capaz de aprobar su proyecto
de presupuestos para 2016. La oposición en bloque ha votado negativamente la
propuesta del conseller Oriol Junqueras y el gobierno de Junts Pel Sí se
ha quedado solo. El president Puigdemont ya ha anunciado que después del
verano se someterá a una cuestión de confianza, pues entiende que ha perdido la
confianza de la CUP, que en su día permitió su investidura.
Todas
las miradas, una vez más, se han dirigido a las diputadas y diputados de la
CUP, que tenían la llave en este asunto, como ya la han tenido en otros muy
importantes y como la seguirán teniendo en un futuro próximo. Lo que acontezca
en el Parlament de Catalunya, simplificando mucho, está en manos de lo que
decida la asamblea de la CUP. Se ha demostrado. Que le pregunten si no a Artur
Mas. Y como era también previsible, los ataques hacia la formación
independentista y anticapitalista han arreciado, principalmente desde Junts Pel
Sí y su entorno. La gente cercana a Convergència está siendo especialmente dura
en sus ataques, a través de declaraciones públicas y en las redes sociales.
Vuelve, si es que alguna vez se fue, lo que se ha dado en llamar el
"PressingCUP".
Vaya
por delante que la CUP no precisa de la defensa de este humilde articulista,
sólo faltaría, pero he creído necesario hacer una serie de observaciones. A
modo de advertencia, ni he votado nunca a la CUP ni creo que lo haga mientras
se presente en solitario y no apueste por confluencias amplias de izquierdas, a
pesar de que aprecio personal y políticamente a algunos de sus miembros. Pero a
lo que íbamos: ¿por qué creo que la CUP no se merece esta retahíla de ataques,
insultos en muchos casos? Sencillamente por una razón de peso: porque esta
formación está siendo coherente. Ni más ni menos.

Somos
muchos los que pensamos que la hoja de ruta de Junts Pel Sí conduce (si es que
conduce a algún sitio) a un callejón sin salida, un "cul de sac" que
decimos en catalán. Puigdemont prometió 45 leyes y 750 medidas concretas a
desarrollar en tan sólo 15 meses, pero la cruda realidad ha evidenciado las
carencias y la falta de realismo de esta mal llamada hoja de ruta hacia la
independencia. Hacia Ítaca, se atrevían a decir algunos. Después de casi medio
año de nuevo gobierno de la Generalitat la actividad legislativa ha brillado
por su ausencia, y el desánimo ya hace tiempo que ha empezado a cundir entre
los independentistas de buena fe que el 27 de septiembre del año pasado decidieron
votar a la coalición que formaron las organizaciones CDC, ERC, ANC y Òmnium. La
palabra "referéndum" ha vuelto a la palestra, y lo que parecía una
"pantalla pasada" ha vuelto a aparecer en boca de no pocos dirigentes
de Junts Pel Sí. Aquí no es casualidad que En Comú Podem, que hizo bandera del
referéndum en la anterior campaña de las generales, se convirtiera en primera
fuerza en Cataluña. Xavier Domènech lo ha repetido hasta la saciedad:
reclamamos un referéndum vinculante, que permitiría desbloquear la situación.
Algo que también han reclamado pública e insistentemente líderes como Pablo
Iglesias, Íñigo Errejón o Alberto Garzón. Porque, sinceramente, creo que sin un
referéndum vinculante y sin una negociación con el Estado el proceso hacia la
independencia no es viable. Y habría que ver si más del 50% de la sociedad
catalana apoya la independencia en este hipotético referéndum...
Pero volvamos a la CUP. Digo que han sido coherentes. Y lo han sido porque, a
pesar de que son muchas las voces internas en desacuerdo con el posicionamiento
final en la cuestión de los presupuestos de la Generalitat, no podían apoyar
unas cuentas "autonomistas" que consideran insatisfactorias, contrarias a los principios
que defienden. La diputada Eulàlia Reguant ha explicado en su intervención en
el Parlament que "los planteamientos de política social y económica que
defendemos desde la CUP son radicalmente opuestos a los que se plantean desde
Junts Pel Sí". También ha dicho que "estos presupuestos son mejores
que los anteriores, pero son manifiestamente insuficientes para paliar algunos
de los problemas que podríamos afrontar ya". Según Reguant, "los
presupuestos son insatisfactorios a nivel social, una muestra del
arrodillamiento de las políticas públicas a los intereses de los
poderosos", etc. La diputada anticapitalista ha recordado que "para
nosotros estos presupuestos deben emitir una señal muy clara de firmeza. Deben
mostrar (...) que el proceso de independencia va de verdad. Ante esto tenemos
unos presupuestos que claudican ante Montoro". Una dura intervención, sin
duda, que ha puesto muy nerviosos a los diputados de Junts Pel Sí y a muchos de
sus votantes y simpatizantes alrededor de toda Cataluña. Y hay quien ya empieza
a dudar de si algunos dirigentes de Junts Pel Sí realmente quieren alcanzar la independencia,
o si por el contrario solamente pretenden mantenerse en el poder. Que la CUP
quiere llegar a su particular Ítaca no se puede poner en duda, estés a favor o
no de sus planteamientos y actuaciones. Y si la independencia se quiere hacer
unilateralmente, en algún momento habrá que desobedecer al Estado español. Una
vía a mi juicio suicida, pero que defienden no pocos diputados independentistas
y muchos de sus votantes.

Se
habla de las dos almas de la CUP. no sé si con razón. Aquí me gustaría detenerme
brevemente a explicar los conceptos que Max Weber denominaba "ética de la
convicción" y "ética de la responsabilidad". El primero haría
referencia a la convicción de un político que se rige solamente por principios
morales y donde siempre se deben respetar estos principios, independientemente
de las circunstancias. Hacer lo contrario sería ilícito. Por su parte, la ética
de la responsabilidad sería aquélla basada en la acción, es decir, la verdad
continuaría siendo el principio moral de referencia, pero quizá no se pueda
aplicar siempre de forma automática y en ocasiones habrá que ceder con quien
estemos negociando. En el caso de los presupuestos de la Generalitat, parece
que en la asamblea de la CUP ha predominado la llamada "ética de la
convicción", es decir, independientemente de la circunstancia (en este
caso decidir si se presentaba o no una enmienda a la totalidad de los
presupuestos elaborados por Junts Pel Sí), los anticapitalistas se han
mantenido firmes en sus principios, a pesar de que ello pueda producir (esto
está por ver) un descarrilamiento del proceso independentista en Catalunya.
Algunas voces, más en la línea de la "ética de la responsabilidad",
estaban dispuestas a ceder y apoyar el proyecto de presupuestos de Junts Pel Sí.
Se trataría de una posición no maximalista, y por tanto con predisposición a
hacer concesiones si con ello se colabora en la consecución del objetivo
principal, esto es el camino hacia la independencia. El politólogo Quim Brugué
dice que "cuando contrastamos los sueños (ideales) con la práctica
(realidad), la política se convierte en un terreno abonado para la
frustración".
Optar
por la "ética de la convicción" es lícito. Como lo hubiera sido
hacerlo por la "ética de la responsabilidad". Pero nadie podrá decir
que la CUP no ha sido coherente con sus principios en su decisión. Yo en
particular opino que en política debemos guiarnos primordialmente por la
"ética de la responsabilidad", porque las posiciones maximalistas,
férreas y rígidas no ayudan a avanzar en las decisiones. Con una concesión sin
duda decepcionarás algunas personas, pero la misión de un político es tomar la
decisión más acertada para el conjunto de la sociedad, aunque con ello
decepciones a determinados sectores.
A
la vuelta del verano, un nuevo capítulo de este culebrón procesista de nunca
acabar: la cuestión de confianza de Puigdemont. ¿Qué decidirá la CUP? ¿Convicción
o responsabilidad? Ya veremos.
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