
Se me pide desde Espacio Público que dedique unas líneas a
reflexionar sobre una pregunta de muy difícil respuesta, pero que sin duda
debemos formularnos: ¿se abren o se cierran las oportunidades de cambio en
favor de mayor justicia social y mejores garantías democráticas? Se trata de
una cuestión fundamental que necesariamente se tiene que abordar desde una
perspectiva global, levantando la vista más allá de nuestras fronteras. Vivimos
en un país situado en la periferia de Europa (a nivel geográfico y no solamente
a este nivel), que forma parte de la Unión Europea y que en los últimos años ha
vivido una serie de cambios, a nivel económico, político y social, muy
importantes. La España, la Europa y el mundo de 2017 tienen poco que ver con
los de hace diez años, tras una crisis que ha cambiado muchas cosas y que ha
sido devastadora para las clases populares, y muy particularmente para las del
sur de Europa. Y aquí podríamos lanzar una nueva pregunta: ¿la España, la
Europa y el mundo de hoy son mejores que los de hace una década? Probablemente
pocas personas responderían afirmativamente.

El político italiano Nichi Vendola explica que el proyecto
europeo es la herencia de dos procesos históricos fundamentales: la Ilustración
y las conquistas del Movimiento Obrero. Cuando se ponen en cuestión los valores
que derivan de estos dos procesos, como está pasando ahora, ¿podemos seguir
hablando de proyecto europeo? No hace falta más que ver cómo se está tratando a
los refugiados que llegan de Siria y otros países a las puertas de Europa. Como
dice Noam Chomsky, "la crisis de los refugiados es la crisis moral de
Occidente". El eurodiputado Ernest Urtasun sostiene, con razón, que Europa
se encuentra en fase deconstituyente: primero fue la crisis de la zona euro,
que sirvió de excusa para destrozar el pacto social que llegó después de la
Segunda Guerra Mundial y que sirvió para construir unas estructuras sociales
que, aunque insuficientes en muchos países, sirvieron para mejorar las
condiciones de vida de las clases populares. Ahora, la vergonzante gestión de
la llamada crisis de los refugiados está sirviendo para vulnerar de forma
fragrante derechos y libertades que se habían ido construyendo fatigosamente
durante muchos años, incluso décadas. Muchos hablan directamente de crisis del
proyecto europeo y se cuestionan si merece la pena seguir formando parte de
esta Unión Europea. El auge de formaciones xenófobas alrededor del continente
es otra cuestión que pone los pelos de punta, pero que es una realidad a
combatir. La victoria de Trump en Estados Unidos es otro factor que demuestra
que la realidad supera la ficción, también en el panorama político. En la
ponencia que inicia el presente debate, Francisco Louça habla de las pesadillas
o "cisnes negros" que se han ido haciendo realidad. El Brexit o la
elección de Trump son dos buenos ejemplos.

Hablando de la Unión Europea, Julio Anguita ya advirtió en
su día de los peligros del Tratado de Maastricht, mientras algunos se tomaban a
cachondeo estos malos augurios y se frotaban las manos. En un artículo
publicado en junio de 1992, el cordobés pedía renegociar el tratado, señalando
cuatro aspectos fundamentales. Merece la pena recordarlos: 1) Superar el
alarmante déficit democrático y que el Parlamento Europeo pudiese controlar
democráticamente el Consejo y la Comisión. 2) Avanzar en la convergencia real,
porque la matriz neoliberal y conservadora se ponía claramente de manifiesto en
los criterios de convergencia (inflación, tipos de interés, déficit público...),
dejando a un lado otros parámetros sin los cuales no sería posible una
convergencia real (tasa de desempleo, gastos de protección social,
desigualdades sociales y territorios...). 3) Superar el déficit social: carta
social europea, política redistributiva y sistema fiscal europeo que
garantizase la armonización. 4) Una política exterior y de defensa realmente
independiente, porque el Tratado de Maastricht consolidaba la subordinación de
Europa a la estrategia político-militar de Estados Unidos (OTAN y UEO). El
tiempo y la crisis del proyecto europeo, bajo mi punto de vista, han dado la
razón a Anguita. Pero probablemente la solución no sea menos Europa, sino
precisamente más Europa. Y sobre todo, otra Europa. Las demandas que hacía el
político comunista hace veinticinco años bien podrían ser útiles ahora. Hace
falta un Banco Central Europeo que, como apunta frecuentemente mi antiguo
profesor Vicenç Navarro, deje de actuar como lobby de la banca y sea una auténtica
Reserva Federal, compre deuda pública a los países, emita eurobonos y controle
efectivamente el sistema financiero y monetario de la zona euro. Una Unión
Europea, en definitiva, más democrática y que no se pliegue a los designios de
los poderes financieros.

La principal consecuencia de la gran recesión en Europa, y
en particular en España, es que nada volverá a ser lo que era. Y por ahora
parece que estamos yendo a peor. Aquí me gustaría hacer referencia a la "Doctrina
del shock" de Naomi Klein: hablaríamos de una estrategia pensada por
Milton Friedman y que más tarde han ido poniendo en práctica a su servicio
diferentes y poderosos paladines del neoliberalismo, y que consiste, a grandes
rasgos, en "esperar a que se produzca una crisis de primer orden o estado
de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los
agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperan del trauma, para rápidamente
lograr que las reformas sean permanentes". Más claro el agua: con la
excusa de la crisis se ha aprovechado para destrozar el sistema social europeo,
un sistema por otra parte subdesarrollado en algunos países como por ejemplo en
España y en general en el sur de Europa. La factura la han pagado las clases
populares y trabajadoras, mientras unos pocos han hecho caja mediante la
privatización de servicios públicos. Porque no olvidemos el factor de clase en
todo este desmantelamiento, y es que como dice el multimillonario Warren
Buffet, "hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los
ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando". Pues eso. Mientras
unas pocas élites extractivas se han beneficiado, y de qué manera, de esta
estafa consentida por las instituciones públicas, las clases populares han
sufrido el paro y el empobrecimiento, mientras la desigualdad ha alcanzado
niveles impensables hace no demasiados años. Como bien dice Susan George, a la
situación actual "ya no se le puede seguir llamando crisis, porque la
propia definición de la palabra establece una época con principio y fin. Es un
capítulo más de la lucha de clases que está en marcha, aunque la gente ahora no
utiliza ese vocabulario". El caso es que la crisis del capitalismo no se
solucionará con más capitalismo, y ya llevamos demasiados años perdidos viendo
como se aplican supuestas soluciones que no hacen más que empeorar las
condiciones de vida de las clases populares.

Otra consecuencia clara de la gran recesión ha sido la
modificación de las pautas de conducta de las personas en tanto que electores. Intentaré
explicarme. La gestión de la crisis por parte de los partidos tradicionales ha
hecho aumentar la desconfianza hacia estos, con el consecuente auge de nuevas
opciones electorales. Pero estas nuevas opciones han sido muy diferentes en los
diferentes países de Europa: mientras en algunos estados han cogido fuerza
partidos de extrema derecha, en otros ha sido la izquierda alternativa quien ha
visto aumentar sus apoyos. En Francia el Frente Nacional se ha hecho cada vez más
fuerte, en Grecia Syriza ganó las elecciones, mientras que en España Podemos se
ha convertido en probablemente la única alternativa real al Partido Popular. Estos
son solo tres ejemplos paradigmáticos de fuerzas políticas incomparables entre
ellas, pero hay muchos más, como el inclasificable movimiento Cinco Estrellas
en Italia. Por el camino, líderes antaño incuestionables como Cameron, Hollande
o Renzi se han quedado por el camino. Los pueblos británico, francés e italiano
se han rebelado contra los delirios de grandeza de sus presidentes. Resulta
dramático que en algunos países como Francia, Austria o Hungría estén siendo
los partidos de ultraderecha quienes se beneficien de gran parte del
descontento por la crisis. Como ha pasado en Estados Unidos, donde paradójicamente
un destacado miembro del establishment, Donald Trump, ha recibido el voto de
muchas personas descontentas precisamente con este establishment. Ahora muchos
se acuerdan de Bernie Sanders, que era probablemente el candidato con más
posibilidades de derrotar a Trump, pero que fue vergonzosamente boicoteado por
el establishment que representaba como nadie Hillary Clinton. En España, por
fortuna, ha sido una fuerza como Podemos quien ha aprovechado el descontento de
muchas gentes para erigirse como una alternativa seria al gobierno del Partido
Popular. Como en Grecia, donde Syriza ha sufrido en sus propias carnes el
aplastamiento de los poderes fácticos que controlan las instituciones europeas.
Una Grecia que seguramente se ha sentido muy sola defendiendo los intereses de
su pueblo: sin una Unión Europea controlada efectivamente por sus pueblos, sin
unas instituciones democráticas al servicio de la mayoría, por mucho que Grecia
(hoy ha sido Grecia, pero mañana puede ser España) intente jugar el papel de
David contra Goliat nunca podrá resistir. Y sin una alianza de los pueblos,
empezando por el sur de Europa, cada país no podrá dar la batalla
individualmente. Porque mientras nos llaman despectivamente PIGS, debemos tomar
conciencia de que el cambio en Europa puede llegar desde un Sur desacomplejado
y luchador. Si los países del Sur hubieran contado con gobiernos fuertes que
defienden los intereses de sus pueblos y que se hubieran mostrado inflexibles
ante la injusticia griega, otro gallo hubiera cantado. Por eso es tan
importante el papel de la política a la hora de ganar las instituciones, en
España pero también en los países de nuestro entorno, con los que compartimos
cultura, tradición y agravios. ¿Se imaginan, de oeste a este, a Portugal, España,
Italia y Grecia plantando cara a la troica con unos gobiernos fuertes al
servicio de sus pueblos? Anguita explica que cuando se negociaba el Tratado de
Maastricht se impuso una Unión Europea en la que los países compitieran entre sí
en cuanto a costes fiscales y laborales. Así se profundizaron los
desequilibrios económicos entre los diferentes países: el norte fabricaba
mientras el sur compraba, el norte ahorraba y el sur invertía, malgastaba y
creaba burbujas con esos ahorros. Y así nos ha ido.

Pero recuperemos la pregunta inicial de este debate: ¿se
abren o se cierran las oportunidades de cambio en favor de mayor justicia
social y mejores garantías democráticas? Me quiero centrar en la vertiente política
de la cuestión, que ya he intentado introducir en el párrafo anterior. La Unión
Europea se ha convertido en un ente extraño que defiende los intereses de las élites,
donde se trabaja de espaldas a la gente y que, como ya hemos apuntado, está en
plena crisis y en claro riesgo de proceso deconstituyente, si es que este no es
ya una realidad palpable. Por eso el papel de la política es tan importante. Porque
la política es un instrumento imprescindible que debe estar al servicio de la
gente, no a merced de los designios de las élites o los poderes financieros. Porque
sin política y sin democracia la gente común no tenemos ninguna posibilidad de
dar la batalla. Y cuando hablo de política hablo de ganar las instituciones, sí,
pero sin descuidar el trabajo en la calle, en el conflicto social. No se trata
de elegir entre una cosa y la otra, sino de mantener la tensión en ambas
esferas. Como bien dice Alberto Garzón, "la movilización social y la
participación institucional han de ser estratégicas, esto es, coherentes con un
proyecto político definido". O como explica Pablo Iglesias, "ningún
partido sustituye a la fuerza de la calle". Ese proyecto político definido
al que se refiere Garzón debe ser necesariamente inclusivo, plural y heterogéneo,
como la sociedad misma, y tiene que ser capaz de canalizar las demandas de la
gente común alrededor de los problemas importantes: trabajo, sanidad, educación...

¿Hay pues una oportunidad de cambio en favor de mayor
justicia social y mejores garantías democráticas? Sin duda alguna, seamos
optimistas, pero tengamos claro que por mucho que consigamos cambiar las cosas
en España (y de momento Rajoy sigue siendo el presidente del gobierno), si no
alcanzamos una alianza de los pueblos, empezando por el Sur de Europa,
probablemente todo quede en agua de borrajas. El cambio político es
imprescindible, sin duda, pero lo verdaderamente necesario es la construcción
de una nueva hegemonía que se erija como alternativa al modelo capitalista y
neoliberal que nos ha llevado al fracaso. Se trata de algo extraordinariamente
ambicioso, pero los "cisnes negros" de los que habla Francisco Louça,
las pesadillas improbables, se han acabado convirtiendo en realidad, y esto
debe hacernos pensar que nada es imposible. Porque como decía el poeta Miquel
Martí i Pol, y permítanme si parezco un ingenuo, "tot està per fer i tot és
possible".
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