El blog de Miguel Guillen Burguillos

7.3.17

Otra Europa para caminar hacia una Unión más justa y democrática

Se me pide desde Espacio Público que dedique unas líneas a reflexionar sobre una pregunta de muy difícil respuesta, pero que sin duda debemos formularnos: ¿se abren o se cierran las oportunidades de cambio en favor de mayor justicia social y mejores garantías democráticas? Se trata de una cuestión fundamental que necesariamente se tiene que abordar desde una perspectiva global, levantando la vista más allá de nuestras fronteras. Vivimos en un país situado en la periferia de Europa (a nivel geográfico y no solamente a este nivel), que forma parte de la Unión Europea y que en los últimos años ha vivido una serie de cambios, a nivel económico, político y social, muy importantes. La España, la Europa y el mundo de 2017 tienen poco que ver con los de hace diez años, tras una crisis que ha cambiado muchas cosas y que ha sido devastadora para las clases populares, y muy particularmente para las del sur de Europa. Y aquí podríamos lanzar una nueva pregunta: ¿la España, la Europa y el mundo de hoy son mejores que los de hace una década? Probablemente pocas personas responderían afirmativamente.

El político italiano Nichi Vendola explica que el proyecto europeo es la herencia de dos procesos históricos fundamentales: la Ilustración y las conquistas del Movimiento Obrero. Cuando se ponen en cuestión los valores que derivan de estos dos procesos, como está pasando ahora, ¿podemos seguir hablando de proyecto europeo? No hace falta más que ver cómo se está tratando a los refugiados que llegan de Siria y otros países a las puertas de Europa. Como dice Noam Chomsky, "la crisis de los refugiados es la crisis moral de Occidente". El eurodiputado Ernest Urtasun sostiene, con razón, que Europa se encuentra en fase deconstituyente: primero fue la crisis de la zona euro, que sirvió de excusa para destrozar el pacto social que llegó después de la Segunda Guerra Mundial y que sirvió para construir unas estructuras sociales que, aunque insuficientes en muchos países, sirvieron para mejorar las condiciones de vida de las clases populares. Ahora, la vergonzante gestión de la llamada crisis de los refugiados está sirviendo para vulnerar de forma fragrante derechos y libertades que se habían ido construyendo fatigosamente durante muchos años, incluso décadas. Muchos hablan directamente de crisis del proyecto europeo y se cuestionan si merece la pena seguir formando parte de esta Unión Europea. El auge de formaciones xenófobas alrededor del continente es otra cuestión que pone los pelos de punta, pero que es una realidad a combatir. La victoria de Trump en Estados Unidos es otro factor que demuestra que la realidad supera la ficción, también en el panorama político. En la ponencia que inicia el presente debate, Francisco Louça habla de las pesadillas o "cisnes negros" que se han ido haciendo realidad. El Brexit o la elección de Trump son dos buenos ejemplos.

Hablando de la Unión Europea, Julio Anguita ya advirtió en su día de los peligros del Tratado de Maastricht, mientras algunos se tomaban a cachondeo estos malos augurios y se frotaban las manos. En un artículo publicado en junio de 1992, el cordobés pedía renegociar el tratado, señalando cuatro aspectos fundamentales. Merece la pena recordarlos: 1) Superar el alarmante déficit democrático y que el Parlamento Europeo pudiese controlar democráticamente el Consejo y la Comisión. 2) Avanzar en la convergencia real, porque la matriz neoliberal y conservadora se ponía claramente de manifiesto en los criterios de convergencia (inflación, tipos de interés, déficit público...), dejando a un lado otros parámetros sin los cuales no sería posible una convergencia real (tasa de desempleo, gastos de protección social, desigualdades sociales y territorios...). 3) Superar el déficit social: carta social europea, política redistributiva y sistema fiscal europeo que garantizase la armonización. 4) Una política exterior y de defensa realmente independiente, porque el Tratado de Maastricht consolidaba la subordinación de Europa a la estrategia político-militar de Estados Unidos (OTAN y UEO). El tiempo y la crisis del proyecto europeo, bajo mi punto de vista, han dado la razón a Anguita. Pero probablemente la solución no sea menos Europa, sino precisamente más Europa. Y sobre todo, otra Europa. Las demandas que hacía el político comunista hace veinticinco años bien podrían ser útiles ahora. Hace falta un Banco Central Europeo que, como apunta frecuentemente mi antiguo profesor Vicenç Navarro, deje de actuar como lobby de la banca y sea una auténtica Reserva Federal, compre deuda pública a los países, emita eurobonos y controle efectivamente el sistema financiero y monetario de la zona euro. Una Unión Europea, en definitiva, más democrática y que no se pliegue a los designios de los poderes financieros.

La principal consecuencia de la gran recesión en Europa, y en particular en España, es que nada volverá a ser lo que era. Y por ahora parece que estamos yendo a peor. Aquí me gustaría hacer referencia a la "Doctrina del shock" de Naomi Klein: hablaríamos de una estrategia pensada por Milton Friedman y que más tarde han ido poniendo en práctica a su servicio diferentes y poderosos paladines del neoliberalismo, y que consiste, a grandes rasgos, en "esperar a que se produzca una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperan del trauma, para rápidamente lograr que las reformas sean permanentes". Más claro el agua: con la excusa de la crisis se ha aprovechado para destrozar el sistema social europeo, un sistema por otra parte subdesarrollado en algunos países como por ejemplo en España y en general en el sur de Europa. La factura la han pagado las clases populares y trabajadoras, mientras unos pocos han hecho caja mediante la privatización de servicios públicos. Porque no olvidemos el factor de clase en todo este desmantelamiento, y es que como dice el multimillonario Warren Buffet, "hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando". Pues eso. Mientras unas pocas élites extractivas se han beneficiado, y de qué manera, de esta estafa consentida por las instituciones públicas, las clases populares han sufrido el paro y el empobrecimiento, mientras la desigualdad ha alcanzado niveles impensables hace no demasiados años. Como bien dice Susan George, a la situación actual "ya no se le puede seguir llamando crisis, porque la propia definición de la palabra establece una época con principio y fin. Es un capítulo más de la lucha de clases que está en marcha, aunque la gente ahora no utiliza ese vocabulario". El caso es que la crisis del capitalismo no se solucionará con más capitalismo, y ya llevamos demasiados años perdidos viendo como se aplican supuestas soluciones que no hacen más que empeorar las condiciones de vida de las clases populares.

Otra consecuencia clara de la gran recesión ha sido la modificación de las pautas de conducta de las personas en tanto que electores. Intentaré explicarme. La gestión de la crisis por parte de los partidos tradicionales ha hecho aumentar la desconfianza hacia estos, con el consecuente auge de nuevas opciones electorales. Pero estas nuevas opciones han sido muy diferentes en los diferentes países de Europa: mientras en algunos estados han cogido fuerza partidos de extrema derecha, en otros ha sido la izquierda alternativa quien ha visto aumentar sus apoyos. En Francia el Frente Nacional se ha hecho cada vez más fuerte, en Grecia Syriza ganó las elecciones, mientras que en España Podemos se ha convertido en probablemente la única alternativa real al Partido Popular. Estos son solo tres ejemplos paradigmáticos de fuerzas políticas incomparables entre ellas, pero hay muchos más, como el inclasificable movimiento Cinco Estrellas en Italia. Por el camino, líderes antaño incuestionables como Cameron, Hollande o Renzi se han quedado por el camino. Los pueblos británico, francés e italiano se han rebelado contra los delirios de grandeza de sus presidentes. Resulta dramático que en algunos países como Francia, Austria o Hungría estén siendo los partidos de ultraderecha quienes se beneficien de gran parte del descontento por la crisis. Como ha pasado en Estados Unidos, donde paradójicamente un destacado miembro del establishment, Donald Trump, ha recibido el voto de muchas personas descontentas precisamente con este establishment. Ahora muchos se acuerdan de Bernie Sanders, que era probablemente el candidato con más posibilidades de derrotar a Trump, pero que fue vergonzosamente boicoteado por el establishment que representaba como nadie Hillary Clinton. En España, por fortuna, ha sido una fuerza como Podemos quien ha aprovechado el descontento de muchas gentes para erigirse como una alternativa seria al gobierno del Partido Popular. Como en Grecia, donde Syriza ha sufrido en sus propias carnes el aplastamiento de los poderes fácticos que controlan las instituciones europeas. Una Grecia que seguramente se ha sentido muy sola defendiendo los intereses de su pueblo: sin una Unión Europea controlada efectivamente por sus pueblos, sin unas instituciones democráticas al servicio de la mayoría, por mucho que Grecia (hoy ha sido Grecia, pero mañana puede ser España) intente jugar el papel de David contra Goliat nunca podrá resistir. Y sin una alianza de los pueblos, empezando por el sur de Europa, cada país no podrá dar la batalla individualmente. Porque mientras nos llaman despectivamente PIGS, debemos tomar conciencia de que el cambio en Europa puede llegar desde un Sur desacomplejado y luchador. Si los países del Sur hubieran contado con gobiernos fuertes que defienden los intereses de sus pueblos y que se hubieran mostrado inflexibles ante la injusticia griega, otro gallo hubiera cantado. Por eso es tan importante el papel de la política a la hora de ganar las instituciones, en España pero también en los países de nuestro entorno, con los que compartimos cultura, tradición y agravios. ¿Se imaginan, de oeste a este, a Portugal, España, Italia y Grecia plantando cara a la troica con unos gobiernos fuertes al servicio de sus pueblos? Anguita explica que cuando se negociaba el Tratado de Maastricht se impuso una Unión Europea en la que los países compitieran entre sí en cuanto a costes fiscales y laborales. Así se profundizaron los desequilibrios económicos entre los diferentes países: el norte fabricaba mientras el sur compraba, el norte ahorraba y el sur invertía, malgastaba y creaba burbujas con esos ahorros. Y así nos ha ido.

Pero recuperemos la pregunta inicial de este debate: ¿se abren o se cierran las oportunidades de cambio en favor de mayor justicia social y mejores garantías democráticas? Me quiero centrar en la vertiente política de la cuestión, que ya he intentado introducir en el párrafo anterior. La Unión Europea se ha convertido en un ente extraño que defiende los intereses de las élites, donde se trabaja de espaldas a la gente y que, como ya hemos apuntado, está en plena crisis y en claro riesgo de proceso deconstituyente, si es que este no es ya una realidad palpable. Por eso el papel de la política es tan importante. Porque la política es un instrumento imprescindible que debe estar al servicio de la gente, no a merced de los designios de las élites o los poderes financieros. Porque sin política y sin democracia la gente común no tenemos ninguna posibilidad de dar la batalla. Y cuando hablo de política hablo de ganar las instituciones, sí, pero sin descuidar el trabajo en la calle, en el conflicto social. No se trata de elegir entre una cosa y la otra, sino de mantener la tensión en ambas esferas. Como bien dice Alberto Garzón, "la movilización social y la participación institucional han de ser estratégicas, esto es, coherentes con un proyecto político definido". O como explica Pablo Iglesias, "ningún partido sustituye a la fuerza de la calle". Ese proyecto político definido al que se refiere Garzón debe ser necesariamente inclusivo, plural y heterogéneo, como la sociedad misma, y tiene que ser capaz de canalizar las demandas de la gente común alrededor de los problemas importantes: trabajo, sanidad, educación...

¿Hay pues una oportunidad de cambio en favor de mayor justicia social y mejores garantías democráticas? Sin duda alguna, seamos optimistas, pero tengamos claro que por mucho que consigamos cambiar las cosas en España (y de momento Rajoy sigue siendo el presidente del gobierno), si no alcanzamos una alianza de los pueblos, empezando por el Sur de Europa, probablemente todo quede en agua de borrajas. El cambio político es imprescindible, sin duda, pero lo verdaderamente necesario es la construcción de una nueva hegemonía que se erija como alternativa al modelo capitalista y neoliberal que nos ha llevado al fracaso. Se trata de algo extraordinariamente ambicioso, pero los "cisnes negros" de los que habla Francisco Louça, las pesadillas improbables, se han acabado convirtiendo en realidad, y esto debe hacernos pensar que nada es imposible. Porque como decía el poeta Miquel Martí i Pol, y permítanme si parezco un ingenuo, "tot està per fer i tot és possible".

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