Parece
que Esquerra Republicana empieza por fin a desacomplejarse. Supongo que ver a
Puigdemont de cañas por Bélgica debe de causar indignación entre los miembros
de un partido que tiene a su líder en la cárcel. Aunque seguramente este no es
el (único) motivo por el que los dirigentes de ERC empiezan a decir en público
lo que hace tiempo que piensan y no se atrevían a explicitar. Las declaraciones
del respetado Joan Tardà hace unos días en una entrevista en La Vanguardia son diáfanas:
"si es necesario, habrá que sacrificar a Puigdemont". Y la decisión
de Roger Torrent, flamante nuevo presidente del Parlament, de aplazar el pleno
de investidura, deja bien a las claras que ERC no valida la estrategia de
Puigdemont y sus acólitos. El "combate de judo" al que a menudo hace
referencia Enric Juliana vuelve a tomar protagonismo. La ruptura del bloque
independentista, dicen algunos... No canten victoria tan rápido, no sean
ingenuos.

Creo
que es interesante recordar un hecho importantísimo. Como sabemos, el 26 de
octubre el por entonces President de la Generalitat estuvo a punto de convocar
elecciones. Había que preservar las instituciones catalanas y la decisión
estaba tomada. El papel del lehendakari Urkullu fue imprescindible en las horas
previas para convencer a Puigdemont de la necesidad de no poner en bandeja al
gobierno de Rajoy la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Pero
aquella mañana, cuando se supo de las intenciones del hoy ex President, las
redes sociales hirvieron y numerosos dirigentes procesistas empezaron a tachar
a Puigdemont de traidor. "155 monedas de plata", escribió en Twitter Gabriel
Rufián, diputado de ERC en el Congreso. El President entró en modo pánico y se
echó atrás. No podía quedar como el malo de la película y mucho menos como un
traidor a la patria y al "Poble català". En definitiva, no convocaba
elecciones y la vía fake-unilateralista seguía adelante, aunque la simbólica
República Catalana duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. En la
Moncloa aún se sorprenden de lo fácil que ha sido aplicar el artículo 155, de
lo obedientes que han sido los funcionarios y cargos de confianza de la
Generalitat, muchos de ellos fieles a la doctrina procesista. Porque con las
cosas del comer no se juega.
Puigdemont
es un hombre enganchado a las redes sociales, particularmente a Twitter, y ello
fue fundamental a la hora de no poder aguantar la presión aquel 26 de octubre.
No es difícil aventurar que si hubiera quedado como un traidor ERC se hubiera
beneficiado a nivel electoral, y miren ahora cómo han cambiado las tornas. Al
fin y al cabo, el procesismo también consiste en una lucha por la hegemonía del
nacionalismo catalán. El error de ERC en aquel momento fue no apoyar la
decisión que ya había tomado Puigdemont. El tuit de Rufián lo simbolizó a la
perfección. El gran error de ERC. Supongo que en la sede de la calle Calabria
de Barcelona empiezan a darse cuenta ya que los tuits de Rufián pueden tener su
gracia durante unos minutos, pero la fama en Twitter es efímera y la política consiste
en otra cosa. Comparen a Rufián con Tardà. No hay color. A veces pienso que el
veterano político de Cornellà debe de tirarse de los pelos con algunas de las
peripecias de su compañero de escaño.
Hoy,
como sabemos, Puigdemont goza de gran apoyo popular no solamente entre las
filas neoconvergentes, sino también entre el electorado de ERC y la CUP. Se ha
erigido como el gran mesías del procesismo y ERC tiene buena parte de responsabilidad
en la creación del monstruo. La manifestación de Bruselas, con nutrida
representación de dirigentes y militantes de Esquerra, no fue más que un gran acto
electoral a favor de Puigdemont. Otro error de cálculo del histórico partido de
Macià y Companys, que no sé qué pensarían si levantaran la cabeza. La historia
del 21 de diciembre ya la sabemos: Puigdemont y el gen convergente (en
expresión de Enric Juliana) ganaron la batalla por la hegemonía procesista. El
puigdemontismo venció. El gen convergente nunca muere, y la capacidad de sus
huestes a la hora de crear discurso y amplificarlo mediáticamente es digna de elogio
y estudio. Expliquen lo que expliquen, su electorado compra el mensaje. Sea el
que sea. Y es que la fe mueve montañas. Guillem Martínez lo explica
magistralmente en sus imprescindibles crónicas en CTXT.
Pero
Puigdemont es humano. Es una persona, y el riesgo de pasar al olvido en poco
tiempo siempre estará ahí. Por eso se aferra al cargo, porque sabe que si no es
investido President puede ir a parar a la cruel papelera de la historia antes
de lo que nos pensamos. Porque la vida sigue y el procesismo seguirá, con unas
o con otras personas. Por eso también algunos dirigentes neoconvergentes ya
empiezan a hablar de repetir las elecciones, porque probablemente estarían ante
una ocasión de oro para machacar a ERC y sus coqueteos con la traición a la
patria. La megalomanía puigdemontista, si bien a más de la mitad de la
población catalana le produce alergia, seduce a amplios sectores del
procesismo, y eso sus estrategas lo saben. Durante el franquismo tocaba callar
y quedarse en casa, en los ochenta y noventa tocaba votar a Pujol, hoy toca
votar a Puigdemont. Sean obedientes, por favor.

Lo
que está quedando cada vez más claro es que el procesismo está beneficiando
claramente a las derechas. No perdamos de vista que los dos partidos más
votados en las elecciones del pasado 21 de diciembre fueron C's y JxC. Se
demuestra una vez que el incremento del fervor nacionalista (español o catalán)
beneficia a las derechas, que históricamente han patrimonializado el pedigrí identitario
que funciona como perfecto anestésico contra los problemas reales de las clases
populares. La pregunta que debemos lanzar al aire es clara: ¿se ha cerrado la
ventana de oportunidad que abrió el 15-M y más tarde Podemos? Porque no lo
olvidemos: puede que el PP salga tocado de todo esto, pero no se pierde ni uno
solo de sus votos, porque los desencantados van a votar religiosamente, vía
cosmética, a Ciudadanos. Más de lo mismo, pero con una imagen menos casposa y
(de momento) limpia de polvo y paja.
La
pasada semana llamaron la atención los mensajes que se intercambiaron
Puigdemont y Toni Comín que captó un cámara de Telecinco. Se ha llegado a decir
que el procesismo está acabado. ¿Seguro? No sean ingenuos, por favor. La nueva
temporada de esta serie acaba de comenzar y promete ofrecernos nuevas tramas y
emociones. Ahora se habla de crear una presidencia simbólica, que ocuparía
Puigdemont, y otra efectiva, que ejercería un testaferro suyo. Fíjense: la
capacidad creativa del procesismo no tiene límites, básicamente porque cuenta
con un chollo valiosísimo: su electorado compra cualquier chanchullo (astucia
en lenguaje procesista) y cualquier mensaje, por esperpéntico que sea. Por eso
sorprenden fallos en lo simbólico como que Puigdemont haya llegado a plantearse
alquilar una mansión nada menos que en Waterloo. Es inevitable que se te escape
la risa, máxime cuando el procesismo ha cuidado hasta el más mínimo detalle y
con particular esmero el simbolismo y la escenografía: desde las performances
de los 11 de septiembre a todo tipo de concentraciones y acciones, pasando por
el tour bruselense de Puigdemont de la manita de la derecha identitaria flamenca.
Estos
días he llegado a pensar que ERC se está desacomplejando y puede que rompa su
ya largo matrimonio con los neoconvergentes. El abrazo del oso. Pero igual soy un
ingenuo. Esto puede que no acabe nunca. Puede que ERC nunca llegue a plantearse
una alianza con las izquierdas catalanas. Pero soñar es gratis: puede que ERC
se desacompleje definitivamente y apueste algún día por sumar a la izquierda y
no a la derecha. Que piense en lo social y no anteponga lo identitario. Nunca
es tarde si la dicha es buena.
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