
Es cuestión de tiempo
que Aznar anuncie su baja del PP y formalice su adhesión a Ciudadanos. Se ve
venir. Su alejamiento del Partido Alfa de las clases medias españolas, en
expresión de Enric Juliana, ha sido paralelo a la evaporación cuasi milagrosa
del antaño oscuro mostacho aznariano. A medida que el bigote ha ido
desapareciendo, los abdominales y la melena han ido creciendo y el alejamiento
del PP se ha hecho escandalosamente evidente. Cosas de la madurez, se supone,
que a unos les sienta peor que a otros. Si a finales de 2016 Aznar renunciaba a
la presidencia de honor del PP, el siguiente paso está cantado. Sus escarceos
anaranjados cada vez son más desacomplejados: lean algunas de las últimas y
apasionantes notas editoriales de la FAES y juzguen ustedes mismos. La mano de
Aznar se nota, vaya si se nota. Y el plácet y la bendición a Rivera están dados.
Aznar se fue, pero nunca del todo, y sigue siendo un referente para muchos
electores, sobre todo para los nostálgicos del régimen pre-1978 y la España del
pelotazo.
El caso es que a nadie
se le escapa que Aznar nunca ha querido estar en el lado de los perdedores, y
ahora que la amortización acelerada del PP parece no tener marcha atrás (piensen
en la sentencia de la Gürtel y, lo que es peor, las que quedan por dictarse),
es fácil intuir que el ex presidente dará el paso definitivo para acompañar a
Albert Rivera en su ascenso meteórico a la presidencia del gobierno de España.
Porque sí, porque los que realmente mandan no pararán hasta que este insigne
lector de Kant llegue a La Moncloa. Al tiempo. El Podemos de derechas que
suplicaba Josep Oliu, presidente del Banco de Sabadell, es una realidad mucho
más peligrosa de lo que nos podemos pensar. Podemos hacer todas las caricaturas
y memes que queramos sobre el partido naranja y su líder, pero la realidad es
que su llegada a La Moncloa, más pronto que tarde, es algo plausible que pone
los pelos de punta. Y aún estamos a tiempo de evitarlo.

Digo que pone los pelos
de punta porque Rivera lo dijo muy clarito hace unos días, en el mismo acto en
que Marta Sánchez obsequió a los asistentes con su versión pop y con letra de
la Marcha Granadera (que Dios nos coja confesados, también a los ateos). Dijo
Rivera que recorriendo España no ve trabajadores o empresarios, sino que
solamente ve españoles. Aprovechando que se cumplen 200 años del nacimiento de
Marx, no estaría de más recuperar algunas lecturas suyas, pero mucho me temo
que a la tropa naranja le interesará más poner toda la carne en el asador
identitario. Porque no hay que ser un experto en estrategia política (y
particularmente electoral) para darse cuenta de los réditos que pueden dar,
siempre a las derechas, las soflamas nacionalistas, a uno y otro lado del Ebro.
Por mucho que digas que no eres ni nacionalista ni de derechas. ¡Ya! Y mientras
tanto, las izquierdas se quedan temblando, unas acomplejadas ante el
nacionalismo catalán (cada vez más libre de máscaras, y si no recuperen los
artículos de opinión del Molt Honorable Quim Torra u observen la preeminencia
de símbolos religiosos en las performances procesistas –la Moreneta, las cruces
cristianas–) y otras arrimándose al no menos nacionalista discurso de
Ciudadanos. Mientras tanto, los nacionalistas de ambas riberas del Ebro estiran
la cuerda y se van retroalimentado. Se necesitan los unos a los otros. Porque
el botín no es menor: la jibarización de las izquierdas y la progresiva
irrelevancia de los discursos sociales y la defensa de los intereses de las
clases populares en la agenda política. Rivera se frota las manos con la
proclamación de un ultranacionalista como Torra en la presidencia de la
Generalitat, y mucho me temo que Puigdemont y su testaferro hacen lo propio al
ver que otro ultranacionalista como Rivera se va acercando pasito a pasito a La
Moncloa. El arte de la piromanía cuenta con buenos profesionales en Madrid y en
Barcelona, desgraciadamente. Porque no buscan el acuerdo, sino la tensión para
mantener su modus vivendi. Si se llegase a una solución, algunos verían
desaparecer su razón de ser y se les acabaría el chollo. No hay incentivos a
nivel particular y eso es clave.
La solución, si se pretende
alcanzar alguna, no puede pasar por la eterna defensa de maximalismos imposibles.
Ni el independentismo puede imponer sus demandas a más de la mitad de la
población de Cataluña ni el nacionalismo español más reaccionario puede
pretender arrasar y machacar a una parte muy importante de la sociedad. Sí, el
estado tiene la fuerza (mucha) y el independentismo no supo o no quiso
calibrarla en septiembre y octubre del año pasado, pero eso no puede ser excusa
para humillar a un porcentaje nada despreciable de ciudadanos catalanes. El
pacto es la única solución, y la política la única vía. ¿Hablamos de una vez
por todas, seriamente, de pluranacionalidad y solución federal? ¿Volvemos a
situar como prioridades en la agenda política nacional los salarios, las pensiones,
la vivienda, las infraestructuras, la sanidad y educación públicas?

Voy concluyendo. Ciudadanos
es Albert Rivera e Inés Arrimadas. Es Juan Carlos Girauta y Luis Garicano. Es
el sueño húmedo de los capitostes del Ibex-35. Y también es Aznar, el presidente
que rescató la idea de la España carpetovetónica, imperial, centralista, grande
y libre y que puso en sus consejos de ministros a un buen puñado de (hoy) imputados
y/o condenados por corrupción, algunos incluso en la cárcel. Y mientras tanto,
las izquierdas siguen tentadas a mirarse el ombligo y enredarse en luchas
intestinas. No aprenderemos nunca. El enemigo cuenta con todos los recursos que
necesita y está bien preparado. Te explica que el problema es la unidad de
España, no el paro ni las pensiones. Te dice que es una vergüenza que los
líderes de un partido se hipotequen a treinta años, no que tu salario cada vez
sea más bajo y tu contrato de trabajo más corto. Recuerden: el enemigo no está
dentro, está ahí fuera y cada vez parece más evidente que va vestido de
naranja. Salgan a ganar porque tenemos mucho que perder.
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