La crisis del coronavirus y la bifurcación que nos plantea
Tal y como explica Osuna en su escrito, "la catástrofe va a afectar a muchos de los modelos y valores sobre los que se asienta nuestra vida personal y social". De eso supongo que no nos puede caber duda alguna. Esa afectación ya se está produciendo, pero la gran pregunta es si se descubrirá en positivo o si, por el contrario, lo hará negativamente. He aquí la bifurcación que nos plantea la crisis, y debo anunciar que soy pesimista al respecto. Dice Orencio Osuna que "quizás esta siniestra distopía abra paso a un tiempo de cambios y transformaciones que impida que el feroz capitalismo neoliberal continúe sometiendo al planeta a una veloz carrera hacia su destrucción o, por el contrario, que esta crisis facilite la consolidación de un modelo aún más destructivo". Confieso que, a día de hoy, y atendiendo al panorama global, me decanto con tristeza y preocupación por la segunda opción. Tengo la sensación de que existe un riesgo claro de involución, de repliegue identitario, de retorno al nacionalismo más recalcitrante. Lo hemos visto en los últimos años alrededor del mundo y el peligro es que esta tendencia salga reforzada de esta crisis. No tengo claro que Trump, Johnson, Bolsonaro, Vox o lo que representa Puigdemont puedan salir debilitados, sino más bien al contrario. A río revuelto, ganancia de pescadores.
Pero ante el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad. Por eso también traigo a colación algo que comentaba Orencio Osuna en su intervención inicial, aterrizando al caso concreto de las Españas: "lo que debe hacer el gobierno de coalición es ganarse a la mayoría de la sociedad con medidas concretas y eficientes, esencialmente que se fortalezca el sistema sanitario y se cree un potente escudo social que proteja realmente a todos los sectores golpeados por la profunda crisis que va a producir inexorablemente". Creo que aquí está el quid de la cuestión, una idea que podríamos extrapolar a otros países, especialmente a quienes pueden ser nuestros aliados naturales, máxime en estos tiempos (hablemos sin subterfugios) de ruptura en el seno de la Unión Europea: Portugal, Italia, Grecia y (¡ojo!) incluso la Francia de Macron. Hay que aterrizar a lo cotidiano, a aquellas medidas que la ciudadanía puede palpar en su día a día, porque está en juego lo más básico. Esta crisis está sirviendo para recordar (porque parece que lo habíamos olvidado) qué es importante de verdad en la sociedad: la necesidad de un estado fuerte y al servicio de las clases populares, unos servicios públicos bien financiados y de calidad, unas instituciones que den respuesta a los problemas, etc. Incluso algunos neoliberales radicales han tenido la desfachatez de pedir en público la intervención estatal. En ese sentido, opino que debemos felicitarnos sinceramente por la serie de medidas que está adoptando el gobierno, valientes y ambiciosas desde mi punto de vista, por más que algunos nunca estén contentos, bien desde la derecha, como era de esperar, o bien desde la supuesta izquierda "pura", bien refugiada en su ética de la convicción, en el salón de casa o las redes sociales, y bien alejada ideológicamente de lo que significa el concepto de correlación de fuerzas, ya no digamos de los puestos de responsabilidad. Quien no friega platos no puede romper ninguno, eso es obvio.
Y aquí quiero detenerme un instante, porque creo que no estamos valorando suficientemente qué supone tener un gobierno de izquierdas en estos momentos. Y quisiera lanzar al aire unas preguntas bien sencillas para ponernos en situación:
¿Nos hemos parado a pensar qué pasaría si en vez de Pedro Sánchez este gobierno estuviera presidido por Pablo Casado?
¿Nos hemos parado a pensar que en vez de Yolanda Díaz estuviera Fátima Báñez de ministra de Trabajo?
¿Nos hemos parado a pensar que en vez de Carmen Calvo y Pablo Iglesias las vicepresidencias las ostentaran Rivera y Abascal?
¿Nos hemos parado a pensar que en vez de Salvador Illa estuviera al frente del ministerio de Sanidad Dolors Montserrat o Ana Mato?
Sí, lo entiendo, todos somos epidemiólogos, médicos, científicos y, claro está, políticos acostumbrados a tomar decisiones difíciles, de esas que afectan a toda una sociedad, bajo presión. Todos sabemos de todo, ¿cómo no íbamos a saber gestionar una crisis como esta? ¡Por favor, ponedme a mí, que lo arreglo todo en un santiamén! El problema no es el cuñadismo general del españolito de a pie, que también, sino que líderes políticos sin competencias ni escrúpulos se dediquen a cuñadismear. Pregunten si no a Isabel Díaz Ayuso, Quim Torra o López Miras, que por cierto no abordan los problemas derivados de las competencias que sí tienen, o a destacados dirigentes de la oposición de cuyos nombres no quiero acordarme. El problema es que aquí no estamos hablando de qué 23 jugadores seleccionaríamos para el Mundial o la Eurocopa, sino de gestionar una crisis global sin precedentes. Seamos serios, por favor. Desde aquí mi reconocimiento a los responsables de las diferentes administraciones, con especial atención al mundo local, el más cercano a la ciudadanía y el que frecuentemente menos recursos tiene a su alcance para dar respuestas a las demandas y necesidades de sus vecinos y vecinas.
Regreso a la intervención inicial de Orencio Osuna en este debate. Dice con acierto que "habrá que liquidar ya el dañino ciclo austericida y tejer las alianzas que empujen a la UE a una política de reconstrucción, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Si no fuese posible ese cambio en la UE, su futuro será una progresiva y muy tensa descomposición y un paso hacia la irrelevancia geopolítica de Europa en la nueva correlación de fuerzas mundial". Supongo que a estas alturas nadie duda que el proyecto de la UE está en serio peligro, y no por culpa precisamente de los países del sur, sino más bien por la actitud de determinados dirigentes de países como Alemania o Países Bajos, que en los últimos días han mostrado una aporofobia impresentable. Recuerden que estas actitudes tienen que ver con el identitarismo y el nacionalismo, sin duda, pero también con la defensa de unos intereses de clase social determinados. Ricos y pobres, ¿recuerdan?
Prosigue Osuna explicando que "sólo así -defendiendo la salud de la población y apoyando a los trabajadores y los sectores más golpeados por la nueva crisis- el gobierno progresista encontrará el apoyo de una ‘respuesta popular’ democrática. De fracasar en esa estrategia, es muy probable que se vaya construyendo una mayoría social y política contraria, que acabe confiando el gobierno a un bloque de fuerzas compuesta por una extrema derecha populista ultra nacionalista y xenófoba, el conservadurismo nacional católico y el catecismo neoliberal". Creo que Osuna da en el clavo, y aquí está la bifurcación ante la que se puede encontrar nuestra sociedad cuando pase esta crisis: una salida en positivo o bien otra en clave nacionalista y de derechas. En las últimas semanas ha emergido, como suele pasar, cierto discurso naïf según el cual saldremos indefectiblemente reforzados de esta crisis, porque toda crisis ofrece oportunidades, etc. etc. No voy a adherirme acríticamente a este tipo de posicionamientos.
La cuestión central es que la ciudadanía, principalmente las clases populares, perciba que las instituciones, el estado en sus diferentes dimensiones y administraciones, es algo útil para sus intereses cotidianos. Y no hay alternativa a intervenir, a poner todos los recursos que sean necesarios, a gastar y endeudarse, hablemos claro, porque tenemos demasiado reciente la crisis de 2007-2008 y esta vez no pueden quedarse tirados en la cuneta los de siempre. Si ante esta crisis se da una respuesta, si se ofrece protección ante el desamparo, quizás no esté todo perdido. Y aquí las izquierdas tienen mucho que decir y, sobre todo, que hacer.
Publicado en Espacio Público (7-4-2020)









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