El blog de Miguel Guillen Burguillos

11.5.25

El tío-abuelo Juan Zafra no murió en la guerra

Para mi primo Jean-Max Zafra, con todo mi cariño

Regresamos de Angoulême muy contentos. El objetivo de la visita a esta ciudad francesa de la Charente era claro y emocionante: conocer a Jean-Max Zafra, hijo de mi tío abuelo Juan Zafra, montillano de la familia de "los Membrillos", el pequeño de seis hermanos, de quien nada más supimos en la familia desde la guerra civil, cuando en el verano de 1936 tuvo que huir de su pueblo, escapando de la represión fascista. Pero volveremos a ello más adelante. Porque lo importante ahora es transmitir lo que supone, ochenta y cinco años después, descubrir que un miembro de la familia, a quien creíamos perdido, murió con sesenta y nueve años en Francia, es decir, que no fue asesinado de joven ni su cuerpo yacía anónimamente en una cuneta, sino que estaba enterrado en el cementerio Trois Chênes de Angoulême desde el mes de enero de 1990, cuando murió en esta ciudad del país vecino. Allí residió durante muchos años, echó raíces y hoy vive su hijo y su nuera, Jean-Max y Christine, que nos han acogido maravillosamente durante nuestra visita en el transcurso de la pasada Semana Santa.

El misterio de la desaparición del tío-abuelo Juan siempre estuvo presente en la familia. Mi abuela Gabriela se acordaba de su Juan, el hermano pequeño, y murió con la pena y la incertidumbre que suponían haberlo perdido en 1936 y no haber sabido nunca más de él. El tío-abuelo Antonio, el otro hermano varón de Juan y de mi abuela, habló en su día con el cónsul de Francia y éste le dijo que habían localizado a Juan, pero que la información era "confidencial" y no se puedo averiguar nada más. Existía el rumor de que podía estar en Suiza, pero nunca supimos de donde procedía aquella información. Volveremos al tío-abuelo Antonio, que como Juan se separó de la familia en 1936, pero a quien encontramos, casualidades de la vida que después explicaremos, en 1963. Y con quien a partir de entonces mantuvimos contacto, con él y con su familia.

Mi interés por la recuperación de la historia de la familia, por descubrir anécdotas y vivencias, por buscar documentos, es una constante en mi vida, y el misterio del tío-abuelo Juan siempre me tuvo con la mosca detrás de la oreja. En diciembre de 2015 me puse en contacto con el historiador Arcángel Bedmar, magnífico profesional y excelente persona, siempre amable y atento. Creo que nunca podremos agradecer suficientemente la tarea de historiadores locales como Arcángel, singularmente en la recuperación de la memoria democrática. En su caso, supe de su labor buscando libros de historia local de los pueblos de mi familia materna, Lucena y Montilla, porque de ambas localidades había escrito documentadísimos trabajos sobre lo que ocurrió durante la guerra civil y en los años de la posguerra. Así pues, le envié un correo electrónico explicando la historia del tío-abuelo Juan Zafra, de quien no supimos nunca nada, para saber si él disponía de alguna información. Le adjunté su expediente militar, que había conseguido tiempo atrás en el Archivo Militar de Guadalajara, y en el que aparecía poca información, simplemente cinco folios en los que se daba parte de su condición de prófugo, al no haberse presentado en 1938 al "acto de clasificación y declaración de soldados", pues pertenecía al reemplazo de 1940. Con Arcángel hablamos por teléfono sobre el tema, me dijo que no disponía de información pero que seguiría investigando. De todas formas, su hipótesis era que Juan podría haber muerto durante la guerra civil.

Para conocer qué ocurrió en Montilla entre 1936 y 1944 resulta imprescindible leer el libro de Arcángel Bedmar titulado "Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944)", publicado en 2001. María Hernández publicó una reseña del libro en el diario El País el 2 de enero de 2002, que considero que vale la pena recuperar:

Los puños y las pistolas. La represión en Montilla (1936-1944) toma su nombre de una frase lapidaria de José Antonio Primo de Rivera, que decía que 'no hay mejor dialéctica que la de los puños y las pistolas cuando se ofende a la patria y a la justicia'. La obra cuenta cómo el pueblo se convirtió en un enorme recinto carcelario. 'La represión arranca con el golpe de Estado del 18 de julio y no acaba hasta la muerte de Franco', resume Bedmar. 'Desde que los militares empezaron a preparar la toma del poder partieron de una idea de violencia extrema. El propio Franco decía que no le importaba fusilar a media España con tal de salvar a la otra media'.

El caso de Montilla fue especialmente sangrante. 'En algunos pueblos, hubo quien intentó poner freno a la violencia, pero aquí no', resalta el historiador. 'La Iglesia jaleó el golpe y no dio ninguna muestra de piedad ni de caridad. Tanto los párrocos como el arcipreste Fernández Casado se obsesionaron por administrar los sacramentos católicos. Casaron y bautizaron a la fuerza a personas que iban a ser fusiladas el día siguiente, sin hacer nada por evitar la barbarie'.

Los militares, indica Bedmar, estaban al mando desde el 19 de julio. Controlaban las detenciones y daban los permisos para las continuas sacas de presos hacia los lugares de suplicio. 'Entre 1936 y 1939 hay constatados 114 fusilamientos, en un municipio que tenía cerca de 20.000 habitantes. Y otros 16 cayeron en los años posteriores. Pero esta es la cifra mínima', advierte el historiador. La mayoría de las muertes no se inscribía en el Registro Civil y más del 30% de estas ejecuciones se recogió a través de testimonios orales. 'Debieron de ser muchos más', concluye Bedmar.

La única posibilidad que quedó a buena parte de la población fue la huida. Varios miles de personas escaparon de Montilla al día siguiente del triunfo del golpe. 'La mayoría se fue a Espejo, un municipio vecino', concreta el historiador, 'que cayó en septiembre, y de ahí a Bujalance, más al Norte, desde donde se les evacuó a la provincia de Jaén. Para muchos fue el exilio de por vida; para otros, la muerte en campos de exterminio nazis'.

Bedmar ha documentado hasta ocho montillanos que murieron en Mauthausen. 'Salieron de España en 1939 y pasaron a los campos de concentración del sur de Francia, a Argelès sur Mer y a Barcarès. Cuando los alemanes invadieron Francia, algunos de los presos fueron capturados y enviados a otros campos, como Mauthausen. Otros consiguieron volver a España: 'Para que me mate Hitler', decían, 'que me mate Franco'. Y quedaron encarcelados, pero vivos'.

Eran muchos los encerrados. 'En 1939 había cerca de 400 montillanos en distintos penales', calcula el historiador. 'Luego, a partir de 1941, se indultó a mucha gente por razones de falta de espacio. En las prisiones no había sitio para tantos reclusos, ni medios para mantenerlos en los años del hambre'. La salida resultaba traumática. Los republicanos volvían a sus casas y se las encontraban saqueadas. 'Sólo les quedaban las paredes', describe Bedmar. Muchos tuvieron que enfrentarse a los tribunales de responsabilidades políticas, que les castigaban con cuantiosas multas. 'Quedaban estigmatizados, sometidos a un control constante', relata Bedmar.

En 2019 el Ayuntamiento de Montilla reeditó el libro, y en esta nueva edición corregida y aumentada aparece una fotografía del tío-abuelo Juan, que yo mismo facilité a Arcángel. Gracias a su trabajo y su atención, conseguimos descubrir que un hermano de mi abuelo Antonio Burguillos, de Lucena, fue fusilado por los fascistas en 1936. El cuerpo de Manuel Burguillos, concejal del PSOE y miembro de la UGT, yace probablemente junto a una tapia del cementerio de Lucena, pero a pesar de los trabajos de excavación llevados a cabo en la zona, aún no se ha podido dar con él. El caso es que Manuel Burguillos tuvo descendencia y Arcángel se puso en contacto con esta parte de la familia, residente en Lucena, y pude viajar allí en la primavera de 2016 para conocer a tres nietos de Manuel Burguillos, con los que comparto apellido. El encuentro fue muy emocionante y es algo que siempre agradeceré al amigo historiador. Él mismo escribió una crónica muy detallada en su blog, aquí: https://arcangelbedmar.com/2016/04/07/una-familia-de-lucena-se-encuentra-casi-ochenta-anos-despues/

Pero no quiero desviarme del tema. Volvamos pues a Juan Zafra. Como hemos explicado, en 1936 la familia se separó, huyendo del terror fascista que asoló Montilla, como bien documenta Arcángel Bedmar en su ya citado libro. La militancia comunista del tío-abuelo Antonio, el hermano mayor de Juan y de mi abuela, era conocida, y no podía quedarse en el pueblo. En la familia, de hecho, siempre se explicaba la anécdota según la cual se tuvo que enterrar una bandera roja con la hoz y el martillo en el patio de la casa, para que nadie pudiera encontrarla. El caso es que los fascistas se presentaron en aquellos días de julio de 1936 en la casa de "los Membrillos" para saber del paradero de Antonio, agrediendo violentamente a su padre Juan (mi bisabuelo), pero el pobre hombre no disponía de ninguna información. Nuestra familia huyó a Ibros (población cercana a Linares) y vivió allí durante la guerra civil, en una casa junto a otras muchas familias. Sabemos que allí los había visitado a escondidas en alguna ocasión el propio Antonio, que posteriormente se exiliaría a Francia. Cuando acabó la guerra civil, la familia volvió a Montilla en unos camiones y allí restableció su residencia. La dureza de la posguerra queda también retratada en el libro de Arcángel Bedmar, y lógicamente también la sufrió en sus propias carnes nuestra familia. Juan Zafra era el pequeño de seis hermanos: Antonio, Trini, Carmela, Rafaela, Gabriela (mi abuela) y el propio Juan. Sus padres eran Juan Zafra Serramayor y Dulce Nombre Raigón Arrabal, ambos montillanos. Los padres de Dulce sabemos se llamaban Antonio y Carmen, pero poco más. A mediados de los sesenta, la parte de la familia que aún vivía, ya con hijos, emigró a Cataluña, concretamente a Mataró, ciudad en la que se echó raíces y donde ya nacimos los nietos. Pero de ello ya hablaremos más adelante.

Regresemos de nuevo al tío Juan. No sabíamos qué había ocurrido con él durante la guerra civil y por ello partíamos de la hipótesis de que pudo haber muerto en su transcurso, pero esta hipótesis dejó de tener validez en diciembre de 2020. A través de una noticia en televisión tuve conocimiento de una base de datos del departamento de los Pirineos Orientales francés a  la que se podía acceder a través de internet, donde se podían consultar referencias de las persones que pasaron por los campos de concentración del sur de Francia (Argelès y demás) después de la guerra civil española. Consulté los nombres de mis tíos-abuelos de Montilla y, ¡sorpresa!, aparecían ambos. Resultaba que Juan Zafra pasó a Francia en 1939 y estuvo en el campo de Argelès. En la ficha, además del nombre completo, fecha y lugar de nacimiento (16 de julio de 1921, Montilla), se hacía referencia a su condición de campesino, a su estado civil (soltero), a que sus padres se encontraban en España, y aparece la compañía de trabajo que se le asignó en Argelès, concretamente la número 122. Con respecto a su hermano Antonio, también aparecía en la base de datos en dos fichas diferentes. En ellas se hacía referencia a sus datos personales y se indicaba que pasó por la compañía número 6 (julio de 1940), la 403 (septiembre de 1940) y que pasó por el campo de concentración número 9 (noviembre de 1940). A partir de ahí empecé a tirar el hilo, me puse en contacto nuevamente con Arcángel, pero no pudimos averiguar nada más. Y así, hasta septiembre de 2024, cuando todo cambió.

Periódicamente vuelvo a consultar en internet el nombre de mi tío-abuelo Juan, busco en bases de datos de las que no tenía constancia, etc. A principios de septiembre de 2024, no recuerdo exactamente qué día, no sé por qué razón, introduje su nombre completo, Juan Zafra Raigón, en el buscador de Google. Apareció un resultado que no esperaba en absoluto: su obituario, de fecha 24 de enero de 1990, en una web holandesa (openarchieven.nl) que remitía a otra fuente: la web del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE) de Francia, y más concretamente al registro civil de defunciones. A partir de ahí, accedí directamente a la web de dicho instituto y descubrí que estaban digitalizadas las defunciones producidas en todo el territorio francés desde 1970, en formato excel. Efectivamente, allí aparecían tanto mi tío-abuelo Juan como su hermano Antonio. En la ficha de Juan se indicaba que éste había fallecido en Angoulême, y a partir de aquí se trataba de seguir buscando, pues ya disponía de una localización geográfica concreta.

Intenté conseguir un certificado de defunción del tío-abuelo Juan Zafra, a través de la web de la Administración francesa. El problema es que se necesitaba un certificado electrónico (FranceConnect) del que yo no disponía, así que pedí ayuda a mi buen amigo Eloi Aymerich, que había vivido durante un año en Toulouse y tenía amigos en Francia. Efectivamente, un amigo pudo hacer la solicitud al registro civil de Angoulême, pero unos días después recibieron una carta en la que se les notificaba que no podían hallar el certificado. Había que seguir buscando pues.

En aquellos días de la segunda quincena de septiembre seguí tirando del hilo, a ver si hallaba alguna información adicional, y la sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que en la web del cementerio Trois Chênes de Angoulême se podían consultar los nombres de los difuntos y, ¡bingo!, aparecía la tumba exacta en la que yacían los restos de Juan Zafra, foto incluida, así como los nombres de las otras personas allí enterradas, en este caso Christian e Yvonne Balandre (que luego sabría que fueron los padres de su nuera Christine). La defunción de Yvonne había sido relativamente reciente, en agosto de 2017, así que busqué en internet su nombre. Encontré un mensaje de agradecimiento de la familia Zafra-Balandre por las condolencias recibidas en el digital Sud-Ouest, y allí se indicaba un lugar de residencia cercano a Angoulême: Saint-Yrieix. Busqué en Google y, erróneamente (eso lo supe después), consulté los datos de un pueblo llamado Saint-Yrieix-la-Perche, una población de unos 7.000 habitantes. Cada vez estaba más cerca, o eso creía yo. Busqué en la web del ayuntamiento de la localidad y aparecía un directorio de entidades, asociaciones, clubes deportivos, etc., con sus correspondientes direcciones de correo electrónico. Lo tenía claro: debía redactar un correo con un breve comentario sobre el tío-abuelo Juan Zafra y esperar a que hubiera suerte y alguien hubiera oído hablar de él. Envié el correo el día 17 de septiembre a las 12.51 horas con el siguiente texto, convenientemente traducido al francés con la ayuda de Google Translate:

Bonjour. Je m'appelle Miguel Guillén et j'habite à Mataró (Barcelone, Espagne). Ma famille a récemment découvert qu'un de nos oncles disparu pendant la guerre civile espagnole a vécu en France jusqu'en 1990 (probabil în Saint-Yrieix-la-Perche) et qu'il est enterré au Cimetière des Trois Chênes d'Angoulême, avec son épouse Ivonne Balandre (née Sacriste). Il s'appelait Juan Zafra. Je vous écris pour savoir si vous connaissez des membres de la famille Zafra-Balandre à Saint-Yrieix-la-Perche. Merci beaucoup d'avance. Salutations.

Recibí el mismo día algunas amables respuestas negando ninguna información y deseándome suerte en mi búsqueda, pero para mi sorpresa, justo un día después, el 18 de septiembre a las 16.29 horas, recibí un correo electrónico de Patrick Villessot en el que se me informaba de la existencia de Jean-Max Zafra, hijo de Juan Zafra, y por tanto primo hermano de mi madre y sus hermanos. El texto completo del correo electrónico fue el siguiente:

Bonjour Miguel,

Je ne sais pas comment vous avez eu mon adresse mail, mais j'ai fait une petite enquête et je peux vous donner quelques réponses.

Je vous confirme que le fils (ou l'un des fils) de Juan ZAFRA habite à Saint-Yrieix-sur-Charente (16).

Il est d'accord pour vous communiquer ses coordonnées.

Les voici :

Zafra Jean Max

xxxxx Saint Yrieix sur Charente

Fixe : xxxxxxx

Portable : xxxxxxx

J'espère que ces quelques renseignements vous permettront de reprendre contact avec le fils de votre oncle qui n'habitait pas à Saint-Yrieix-la-Perche mais à Saint Yrieix- sur-Charente

près d'Angoulême ce qui explique qu'il soit enterré au cimetière des 3 chênes.

Cordialement.

Patrick VILLESSOT

En resumidas cuentas: este señor, que según su perfil en Linkedin es Oficial de la Legión de Honor francesa, Presidente de la Fondation Hospitalière la Renaissance La Sanitaire y Coronel de la Reserva de Defensa y Seguridad Ciudadana de la Gendarmería Nacional, había podido hallar la información que yo andaba buscando, se había puesto en contacto con Jean-Max Zafra, y éste le había dado su consentimiento para que yo le pudiera contactar. ¡Bingo! Había conseguido localizar un descendiente de Juan Zafra (el único que tuvo) en Francia y tenía su teléfono de contacto. No podía creerlo. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos al señor Villessot por su gentileza y su ayuda desinteresada.

Inmediatamente redacté un mensaje de whatsapp, nuevamente en francés, y lo envié al teléfono que Villessot me había facilitado. Eran las 16.36 horas de aquel mismo 18 de septiembre. El texto fue el siguiente:

Bonjour Jean-Max. Patrick Villessot m'a donné votre numéro de téléphone. Je m'appelle Miguel Guillén et j'habite à Mataró (Barcelone, Espagne). Je suis le petit-fils de Gabriela Zafra Raigón, sœur de Juan Zafra Raigón. Patrick me dit que tu es son fils. Est-ce ainsi?

Recibí respuesta inmediatamente y esa tarde mantuvimos una larga conversación por whatsapp. Yo estaba completamente emocionado, y percibí que Jean-Max también. Sé que le sorprendió mucho este encuentro virtual y cuando le envié la única foto que teníamos de su padre Juan no tengo dudas de que se emocionó. Para mí, supuso algo muy importante aquella localización, aquel primer encuentro vía whatsapp, aquel intercambio de información y aquella larga conversación. Estaba, repito, muy emocionado, y camino de la escuela para recoger a mi hijo de su salida de la clase extraescolar de inglés, llamé a mi madre para explicarle que había podido contactar con su primo Jean-Max, para que se lo explicara a sus hermanas.

También expliqué el descubrimiento a la familia de Perpiñán, mis queridos Christine y Jean-Marie, para que tuvieran conocimiento de ello y lo explicaran también a Carmen, la otra hermana viva de Christine. Estas primas, que también llevan el apellido Zafra, son hijas del tío-abuelo Antonio, hermano de mi abuela, y por tanto, también de Juan. Perdido también para nuestra familia durante la guerra civil española, hasta los años sesenta no se tuvo conocimiento de su paradero. La historia es curiosa también, nuevamente fruto de la casualidad: a principios de los años sesenta algunos familiares de mi tío Carlos Delgado, casado con mi tía Araceli, vivían en el sur de Francia. En 1963, casualmente, conocieron a un tal Antonio, originario de Montilla, que resultó ser uno de los hermanos de nuestra abuela Gabriela. Intentaron contactar con la familia en Montilla (aún no había emigrado a Cataluña), informando que habían conocido en Le Boulou (un pueblo cerca de la frontera franco-española) a un tal Antonio Zafra. Una vez conocida la noticia, Gabriela compró billetes de tren para ir al encuentro de su hermano, al que no veía desde la guerra y al que habían dado por muerto. Marchó a Francia con su hija Mari, mi tía, que entonces tenía tres años, y por fin pudieron reencontrarse. Gabriela reconoció rápidamente a su hermano y el reencuentro fue muy emocionante. Después de esta visita, Gabriela volvió a Francia a trabajar en la vendimia, como tantos españoles, y con el dinero que ahorró compró los billetes para que la familia pudiera emigrar de Andalucía a Cataluña en 1965. El tío-abuelo Antonio siempre dijo que no volvería a España hasta que muriera el dictador, y cumplió su promesa. Desde entonces, mantenemos contacto con las primas de Le Bolou y Perpiñán, y yo particularmente intercambio mensajes con ellas de forma habitual, sobre todo a través de Jean-Marie, el marido de Christine.

El caso es que Jean-Marie y Christine, al tener conocimiento de la existencia de Jean-Max, se pusieron inmediatamente en contacto con él. Al ser todos ellos franceses, pudieron conversar largamente en su lengua habitual, y sé que para ellos también fue muy emocionante este primer contacto telefónico; así me lo hizo saber Christine, que me llamó después de hablar por primera vez con el primo Jean-Max. A partir de entonces, tanto ellos como yo mantenemos contacto habitualmente con el primo de Angoulême. Nos enviamos fotografías de la familia, conversamos sobre diversos temas... Se trata de algo muy emocionante.

Roser, mi mujer, sugirió a principios de año que aprovecháramos las vacaciones de Semana Santa para visitar a Jean-Max y Christine y conocer la zona donde vivían. Dicho y hecho, Roser, como suele hacer siempre, organizó el viaje: reservó alojamiento en Toulouse para hacer allí una parada de un día e hizo lo propio con el alojamiento en Angoulême, donde pasaríamos cuatro noches. Así pues, el lunes 14 de abril, Día de la República, iniciamos nuestro viaje con dirección a Toulouse, donde pasamos ese día. La visita fue estupenda, y nos quedamos con ganas de conocer mejor la ciudad. El día siguiente, martes, pusimos dirección a Angoulême, ya que habíamos quedado con Jean-Max y Christine para comer con ellos en su casa, que está en Saint-Yrieix-sur-Charente. Hacia mediodía llegamos a su casa y vi a Jean-Max detrás de la tapia que da a su jardín. Aparcamos, salimos del coche y vi que tanto él como Christine nos estaban esperando en la puerta, sonrientes. Y llegó el momento del encuentro: Jean-Max y yo nos fundimos en un fuerte y emotivo abrazo y él, mi primo, emocionado, no pudo reprimir las lágrimas. Yo tardé aún unos minutos en experimentar la misma sensación, ya dentro de la casa de los Zafra. Fue un encuentro muy emocionante, que seguramente no olvidaremos en nuestra vida ninguna de las seis personas que lo experimentamos: Jean-Max, Christine, mi mujer Roser, mis hijos Miquel y Maria, y un servidor. A pesar de que Jean-Max y Christine no hablan castellano y mi francés es absolutamente precario, pudimos comunicarnos con cierta soltura durante la comida, y la verdad es que fue muy agradable. Comentamos el proceso de búsqueda de los datos de su padre Juan, la vida que éste tuvo en Francia, cómo era… Parecía increíble: estaba sentado en la misma mesa que el hijo del tío-abuelo que desapareció en la guerra civil, el hermano pequeño de quien mi abuela siempre se acordó. Christine había preparado una comida típica deliciosa, y la verdad es que, como solemos decir coloquialmente, nos pusimos las botas. Luego, se ofrecieron a acompañarnos al centro de Angoulême, donde teníamos nuestro apartamento, para dejar las maletas y pasear un poco por la ciudad, donde Jean-Max había vivido con sus padres, y por tanto con Juan Zafra, durante muchos años. Tuvimos un primer contacto con la ciudad y pudimos pasear por su casco antiguo, que es ciertamente bonito. Seguimos conversando con Jean-Max y Christine durante la tarde, hasta que se acercó la hora de cenar y nos despedimos hasta el viernes, en que acordamos volver a vernos.

La semana de vacaciones la dedicamos a visitar Burdeos (el miércoles), La Rochelle y el anfiteatro de Saintes (el jueves). A la vuelta de Burdeos, aquella tarde fuimos al cementerio Trois Chênes de Angoulême para visitar la tumba de Juan Zafra, y deposité unas flores en nombre de su familia española. Empezaba a llover y regresamos al coche. Misión cumplida, me dije, habíamos conseguido averiguar donde yacía el tío-abuelo y habíamos estado allí.

El viernes paseamos durante la mañana por Angoulême, comimos en el apartamento y nos dirigimos a la casa de Jean-Max y Christine, donde habíamos quedado a las dos de la tarde. Nos llevaron a visitar el cercano yacimiento arqueológico y zona de interpretación galorromana de Saint-Cybardeaux, en el que había un teatro romano impresionante, bastante bien conservado. Después, fuimos a caminar al lago de la Grande Prairie, cercano a Saint-Yrieix y muy bonito, donde aprovechamos para charlar y que los niños jugaran en la zona infantil. Allí estuvimos hasta prácticamente la hora de la cena, cuando fuimos a casa de Jean-Max y Christine, que nos regalaron una velada estupenda. Comiendo, bebiendo y charlando se nos hizo muy tarde, y teniendo en cuenta que al día siguiente nos esperaba un largo viaje, nos despedimos, agradeciéndoles lo amables que habían sido y explicándoles lo bien que nos lo habíamos pasado. Quedamos que nos volveríamos a ver en verano, esta vez cerca de Barcelona, y nos fuimos a dormir al apartamento. Había sido una visita, además de emocionante, interesante y bonita, ya que la zona de la Charente es preciosa y habíamos podido visitar bastantes lugares que desconocíamos. Todo salió a pedir de boca y el encuentro con la familia de Angoulême no pudo haber sido más gratificante. Un viaje que no olvidaremos jamás, sin duda alguna.

Llegó la mañana del sábado y madrugamos bastante para poder estar en Perpiñán a la hora de la comida, pues habíamos quedado en visitar a los primos Christine y Jean-Marie. Hacia las doce y media llegamos a su casa, y ya nos estaban esperando con la mesa preparada, con regalos para los niños y, como siempre, con una sonrisa de oreja a oreja. Estuvimos comentando con ellos el viaje a Angoulême, el descubrimiento de Jean-Max y su familia, etc. Para Christine también había sido emocionante saber de su existencia y se alegraba mucho de poder haber iniciado una bonita relación. La idea ahora era poder conocer a todas las primas de Mataró, y proponía hacer una visita en verano a nuestra ciudad, con Jean-Max y Christine. Espero que sea así y que podamos reunir a la familia Zafra en una misma mesa.

Jean-Max explica que su padre era una persona muy misteriosa, de profundos ojos verdes, de la que prácticamente no conocía nada respecto de su infancia y juventud en España. Según mi primo, no hablaba sobre el pasado, y a duras penas conocía el pueblo donde nació (Montilla) y el nombre de su madre (Dulce). Sabe que trabajó para los alemanes fabricando submarinos, durante la Segunda Guerra Mundial, en la base de Saint-Nazaire. Se trata de una base muy conocida en la que centenares de republicanos españoles exiliados fueron empleados en malas condiciones y en régimen de trabajadores forzados. Todo parece indicar que Juan Zafra fue uno de ellos. De joven vivió en Blanzac-Porcheresse y jugó de portero en el equipo de fútbol del pueblo, donde también nació el propio Jean-Max. Juan nunca habló español a su hijo, sino francés, si bien nunca adoptó la nacionalidad gala y mantuvo la española hasta su muerte. Parece que era un hombre duro y estricto, poco dado a la broma, podríamos decir que huraño. Todo lo contrario que mi abuela Gabriela o su hermano Antonio, con quien pasó la frontera con Francia en 1939, si bien allí se separaron y nunca supieron el uno del otro. Christine nos explica que su padre siempre pensó que su hermano Juan podría haber marchado a Argentina.

Cuando explico esta historia familiar a algún amigo, la pregunta recurrente es la siguiente: ¿por qué tu tío-abuelo no se puso nunca en contacto con su familia, si vivió en Francia hasta 1990? Esa misma pregunta me la he formulado yo en numerosas ocasiones, porque a mi abuelo materno le ocurrió lo mismo: nunca supimos que su hermano fue fusilado por los fascistas en 1936 en su pueblo, Lucena, algo que no conocimos hasta 2016, gracias al trabajo del historiador Arcángel Bedmar. Lo cierto es que, intentando averiguar si se trata de algo común, de alguna tendencia, encontré en Google Scholar un artículo científico que me aportó luz: "La transmisión transgeneracional de situaciones traumáticas: papel de la psicología en el proceso de recuperación de la memoria colectiva de la dictadura franquista en España", de la psicóloga clínica María del Valle Laguna-Barnes. En el trabajo, aparecía un caso en el que "en la familia predominaba el silencio, el secreto o algunas comunicaciones enigmáticas". En las conclusiones se explica que "en bastantes casos de familias con represaliados, éstas se quedaron en silencio, nunca contaron nada a hijos y nietos, ni por supuesto hablaron de determinados temas. En estos, las victimas vivieron un profundo dolor en soledad, no hubo descendiente con deseos de investigar o el silencio no tuvo resquicios". Opino que mi tío-abuelo Juan, quizá de forma meramente instintiva, decidió cerrarse en sí mismo y tratar de olvidar, si es que esto es posible en algún caso, todo lo que debió pasar durante la guerra en España, el exilio y los primeros años cuarenta en Francia. Sin ningún género de duda, todo aquello debió de causar un trauma de incalculables consecuencias para él, como para tantas y tantas personas de su generación con las que compartió aquella trágica experiencia.

Para concluir, dos reflexiones finales. La primera tiene que ver con mi "nuevo" primo Jean-Max Zafra: percibo en él una alegría y una emoción sincera tras habernos conocido. He llegado a la conclusión de que para él, más allá del recuerdo que conserve de su padre, ha representado algo importante encontrar una parte suya que probablemente estaba perdida. Me explica que él siempre ha tenido conciencia de sus orígenes españoles, pero percibo que aquella parte fundamental de su identidad no había podido colocarla en su sitio hasta ahora. O al menos, hasta este momento no había podido comenzar a situarla correctamente. Ahora ya sabe de dónde procedía su padre, sus orígenes geográficos y culturales, etc. Creo que es algo muy importante para él.

En segundo y último lugar, no puedo dejar de pensar en lo que encerró en su mente mi tío-abuelo Juan Zafra, en todo lo que alimentó su silencio durante su vida. Su hermetismo, dureza, misterio y taciturnidad, características que, según su hijo Jean-Max, lo definían, no pueden entenderse sin las vicisitudes que marcaron su vida desde su juventud. Aquellos héroes anónimos que se vieron obligados a luchar contra el fascismo en su tierra y tuvieron que dejar atrás sus vidas, familias y recuerdos, creo que merecen nuestro reconocimiento y cariño. Mi familia, y singularmente el tío Juan, representan tan sólo un ejemplo más de la brutalidad y la ignominia que ocasionó todo aquello.

4 comentarios:

  • Está istoria es maravillosamente enhorabuena Miguel por los días de gloria que nos brindas con tu lucha constante sin tí no sabíamos nada gracias

    De Anonymous Anónimo, A las 11/5/25 17:36  

  • MAGNÍFICO TRABAJO

    De Anonymous Anónimo, A las 19/5/25 02:59  

  • Magnífico trabajo, gracias por honrar la memòria histórica de nuestra familia, por hacer justicia a nuestras y nuestros antepasados. Soy la hija de Francisco Cabanillas, hijo de Trinidad (la hermana de tu madre Gabriela) Te dejo mi email para que podamos montar un encuentro familiar en verano. susannacb@hotmail.es

    De Anonymous Anónimo, A las 19/5/25 03:02  

  • Rectifíco: quería decir, el hermano de nuestras abuelas.

    De Anonymous Anónimo, A las 23/5/25 18:06  

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