El blog de Miguel Guillen Burguillos

4.6.08

Los niños de mi barrio

Cerca de mi casa hay una plaza en la que, cuando llega el buen tiempo, siempre hay niños jugando. Muchas veces, juegan al fútbol, como hacía yo de pequeño, cuando gran parte de mi tiempo libre lo pasaba dándole patadas a un balón. Y esta tarde, pasando por allí, me he visto transportado por unos instantes a mi infancia, y no he podido evitar quedarme mirando y prestando atención a lo que hacían y decían.
En la plaza había un grupo de niños jugando un partido de fútbol: formaban dos equipos, y al verlos me he preguntado: ¿cómo lo hacen para distinguir quién va con quién? ¿cómo lo hacen para jugar en un sitio tan reducido y con tantos obstáculos? Las respuestas son fáciles y se responden con otra pregunta: ¿y cómo lo hacíamos nosotros cuando teníamos su edad? Los había altos (si es que a esa edad se puede ser alto) y bajos, seguramente tenían diferentes edades, pero todos corrían tras el mismo balón, un balón que, eso sí, era mucho mejor que los que usábamos nosotros años atrás. Los había rubios, morenos y negros. Cuando yo era niño, no había niños negros en mi barrio, yo no tenía amigos negros, yo no jugaba al fútbol con niños negros. Ahora, me alegro cuando veo que los niños se hacen amigos sin mirar la etnia a la que pertenecen. Los prejuicios y los problemas vienen cuando uno se hace adulto… Y me he fijado que todos hablaban el mismo idioma, con ese acento peculiar de los niños de barrio cuando hablan el castellano. Justo cuando yo pasaba por allí, uno de esos niños empezó a gritar: “¡Bojan! Bojan para Iniesta, Iniesta para Messi, ¡Messi!”. Cuando yo era niño, hacíamos lo mismo, solo que la retahíla hubiera sido diferente, del estilo “¡Koeman!, Koeman para Bakero, Bakero para Stoitchkov, ¡Stoitchkov!”. Los del Madrid (y muchos de mis amigos eran entonces y siguen siendo ahora merengues) hubieran citado a Míchel, Butragueño o Hugo Sánchez.
Hoy, estos niños pueden jugar en una plaza bonita, correctamente diseñada y bien construida, con plantas cuidadas y columpios homologados, aunque eso sí, poco apta para la práctica del fútbol. Cuando yo era niño, nos las apañábamos para jugar donde fuera: en un descampado, en el “campo de césped” (una explanada con abundante y variada vegetación situada hacia lo que hoy es la Vía Europa) o en la antigua Plaza Antonio Machado, que tenía muy poco que ver con lo que hoy es, aunque eso sí, y nuevamente, igual de poco apta para la práctica del fútbol. Otras veces, nos jugábamos nuestra integridad saltando una valla de varios metros de altura para acceder al patio de la escuela Jaime Recoder. Y después de jugar, nos íbamos todos a ver “Oliver y Benji”. Hoy, no quiero ni pensar qué pueden ver los niños en la tele…
En aquella época, los ochenta, la heroína hizo estragos en mi barrio, y estábamos acostumbrados a esquivar las jeringuillas usadas que había por todas partes y a evitar que, cuando jugábamos, el balón cayera a la zona inferior de la plaza, donde estaban aquellos muchachos mayores que ocupaban su tiempo destrozando sus venas, sus vidas y las de sus familias. Por suerte, algunas cosas han cambiado, pero otras, por suerte también, siguen igual.

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